Malargüe: entre el cielo y la tierra

Con la cordillera de los Andes de testigo, esta ciudad de Mendoza mezcla historia, aventura y misterios. Un recorrido entre cuevas, volcanes y espejos de agua.

Por Fernando Delaiti, especial desde Malargüe / Cuando uno se deja llevar por la incansable y sorprendente ruta 40, sólo piensa en continuar el camino para disfrutar de las maravillas que rodean el paisaje. Pero hay “descansos” obligados que no deben obviase, y Malargüe es uno de esos lugares que hay que detenerse un par de días y desde allí hacer base para descubrir un mundo asombroso. Animarse a un viaje al corazón de la tierra o llegar hasta los planetas más inhóspitos, es posible desde esta ciudad mendocina que, además, tiene a pocos kilómetros Las Leñas para los fanáticos de la nieve.

Malargüe, cuyo vocablo mapuche significa lugar de bardas rocosas o lugar de corrales naturales, es una localidad de 22 mil habitantes, pero que respira como pueblo y vive como pueblo. Probablemente si uno se despertara allí, en sus calles, sin haber visto el entorno que lo rodea, diría “es una ciudad común y corriente”. Pero con sólo hacer el esfuerzo de hacer un par de kilómetros desde el centro y levantar la vista, la cordillera nos da la bienvenida y ya nada será lo mismo.

La excursión más larga lleva unas doce horas en total y es, tal vez, la que no debe faltar en una selección. La Payunia, la reserva natural más extensa de Mendoza, ofrece un extraño paisaje desolado, pintado por volcanes, lava negra y curiosos guanacos y choiques. Hay que recorrer unos 150 kilómetros hasta llegar a esta región dominada por más de 800 conos volcánicos y que la convierte en una de las mayores en densidad del planeta. Su concentración es apenas comparable a lo que puede encontrarse en Hawai o, según especialistas, en Marte. De todos los volcanes identificados, el más emblemático y elevado es el Payún Liso, de 3.680 metros. Con su forma cónica perfecta, es el que más se acerca a la popular representación de volcán. El otro famoso es el Payún Matrú, con su caldera de nueve kilómetros de diámetro, que se produjo luego de que una erupción lo hiciera colapsar y ya sin pico formó en su interior una laguna. O el Santa María, con su Escorial de la Media Luna, una lengua de roca fundida de 17 km.

En la reserva de 4.500 hectáreas se pueden hacer cabalgatas, excursiones en 4x4, trekking y safaris fotográficos. Pero si uno no cuenta con tanto tiempo para invertir, puede optar por llegar hasta el volcán Malacara (2.450 metros), que se encuentra fuera de la reserva, camino a la laguna Llancanelo y a 42 km de Malargüe. La erosión del material volcánico depositado en finas capas y del agua y el viento generaron impresionantes cañadones, pasadizos, cárcavas y chimeneas de casi 30 metros de altura.

 

Cosa de Brujas

A una hora del Malacara y sobre el paraje Bardas Blancas, está la Reserva Natural Caverna de las Brujas. Hasta allí llegamos luego de transitar la ruta 40 y unos ocho kilómetros de ripio y con un objetivo claro: descender al interior de la tierra, en las profundidades del cerro Moncol. Para ello, además del casco con linterna, hay que tener algunos cuidados especiales. No es una excursión simple, porque no sólo uno transita por lugares sin ningún tipo de luz más allá de la artificial, sino porque hay que llegar a gatear por túneles húmedos y reducidos, y eso genera cierta claustrofobia. 

Gabriela, la guía que nos acompaña, se detiene en la primera de las salas, la “De la virgen”, y allí su voz, lo único que se siente en medio de la oscuridad, cuenta la leyenda que le da nombre al lugar. Se dice que una tribu tenía a dos mujeres blancas cautivas que lograron escapar y se escondieron en la caverna, de donde salían por las noches a buscar comida. Los lugareños decidieron saber quienes eran estas mujeres y subieron a la cueva y al entrar volaron por sobre sus cabezas dos grandes lechuzas. Ellos pensaron que se habían convertido en aves y por esa razón bautizaron al lugar como “Caverna de las Brujas”. Pero sólo es la introducción para luego recorrer las siguientes salas de una de las cuevas más grandes del país, con 5 mil metros de galerías, muchas aún sin explorar.

A cada paso, nuestras linternas descubren estalactitas, estalagmitas, columnas y coladas. Son formaciones generadas por la filtración de agua a lo largo de miles de años y compuestas por rocas calcáreas de origen marino, correspondientes al período Jurásico. Para tener una idea concreta de la magia de la naturaleza, para que una de estas formaciones tenga 2,5 cm de roca, deben pasar entre 100 y 150 años. Y muchas de ellas fueron arrancadas por la mano del hombre. Tras casi dos horas, un águila mora nos devuelve a la superficie: estamos nuevamente en el lugar que partimos, pero ya nada será lo mismo.

De regreso hacia Malargüe, nos detenemos ante otro impresionante escenario natural: la Cuesta del Chihuido, donde se puede disfrutar del parque de aventuras Turcará. Sus 30 hectáreas tienen senderos autoguiados con señalización de flora nativa, en el que cada uno decide hasta dónde llegar. Miradores, cascadas de agua cristalina, maravillosas Cárcavas de piedra y un yacimiento de fósiles marinos de millones de años de antigüedad, son algunos de los regalos del paisaje. Para los que se animan a más, una opción es escalar algunas de sus desafiantes elevaciones o bien optar por el rappel en sus paredes naturales.

Para lo más elegido es el Circuito de Aventura, que incluye Puente Tibetano atravesando el playón de ostras marinas fosilizada hasta llegar a la Vía Ferrata para caminar por un balcón natural a 60 metros de altura. Y tras el ingreso a una pequeña caverna, llega la hora de la tirolesa en la que se cruza 150 metros de una barda a 90 metros del piso, una de las de mayor altura del país. Increíble, aunque uno lo piensa dos veces antes de largarse.  

Cielo estrellado

Cada vez que uno levanta la vista al cielo en la noche de estrellas, cabe preguntarse sobre el origen del Universo o los misterios de los planetas. El Planetario Malargüe y  el Observatorio de Rayos Cósmicos Pierre Auger son sitios que tendrán estas y otras respuestas al alcance de un telescopio. 

Los tres relojes, el Vertical, el Ecuatorial y el Analemático son solo el inicio de un recorrido por el Planetario que luego lleva a un pequeño museo de ciencias, donde el turista se informa sobre la geología de la zona y sus registros fósiles. Se ven diferentes muestras, rocas y variada información sobre ellas. Pero la atracción central está en el domo, ubicado bajo una enorme pirámide de paneles azules. Allí se presentan shows con distintas temáticas. Los espectáculos se dan en una sala redonda con 65 butacas como las de un cine, pero con una cúpula de aluminio microperforado de 360 grados, que se transforma en la gran ventana al Universo. Luego de la proyección de unos 30 minutos, un relator hace una guía interactiva con una imagen del cielo estrellado y juega con constelaciones, planetas y secretos del cosmos.   

Finalmente, hay que dejarse un tiempo para el Observatorio, un centro de investigación en el que han intervenido más de 350 científicos en representación de 19 países. Este emprendimiento es el más grande del mundo en su tipo, ya que hay detectores de rayos cósmicos diseminados a través de 3 mil kilómetros cuadrados en los campos vecinos a la ciudad para poder realizar un análisis de estas extrañas partículas que llegan a nuestro planeta. Desde el edificio, donde una vez por semana hay visitas guiadas gratuitas, se hace el seguimiento de las partículas, donde posteriormente se analizan. Es importante aclarar que no es un observatorio astronómico tradicional –se basa en el estudio de partículas energéticas-, por lo que no cuenta con telescopios ópticos, pero la visita, de una hora, es muy interesante, y permite empaparse de este proyecto y su funcionamiento, incluyendo presentaciones y videos.

 

Castillos de Pincheira

A 27 kilómetros del la ciudad y rumbo hacia la cordillera, se levanta este complejo turístico donde la mezcla de rojos, amarillos y blanco cautivan al viajero. Su nombre deriva del conocido caudillo y bandido José Antonio Pincheira, ya que sirvió de refugio para sus actos “non sanctos”.

La formación rocosa está compuesta por un conjunto sedimentario-volcánico, en las vertientes del cerro Algodón, sobre la margen derecha del río Malargüe. Con el tiempo, el agua y el viento fueron cincelando la forma de un castillo con sus torres. Su altura aproximada es de 60 metros y por su difícil acceso fueron usadas por los originarios pobladores pehuenches con fines defensivos. En la zona cercana a los Castillos fueron hallados restos de cerámicas, puntas de flecha, chaquiras y otros vestigios de la cultura indígena.

Es un buen sitio para pasar el día y degustar el típico chivo malargüino. Hay piscina para toda la familia, camping y cabalgatas que invitan a disfrutar de lleno de los colores del paisaje.

 

EL DATO

Chivo o trucha

Con unas 500 mil cabezas caprinas, Malargüe es uno de los mayores productores de chivitos del país. Por esa razón, cada enero realiza la Fiesta Nacional del Chivo, donde no sólo se disfruta de la comida y la música popular, sino que todo es acompañado por un Malbec de la zona. 

Y para los que se vuelcan más por el pescado, junto al dique Blas Brisoli, el establecimiento Cuyam-Co se dedica a la cría de 28 mil truchas en aguas de vertiente. Allí el turista no sólo podrá degustarlas, sino acampar y pasar un día recorriendo los ríos y arroyos de la zona. 

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Fecha de hoy

21/08/2017

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