Colores y sabores de Cafayate

La ciudad Salta invita a recorrerla todo el año. El trabajo de la naturaleza sobre la tierra, el legado de los diaguitas y los caminos del vino, son los imperdibles de la región.

Por Fernando Delaiti, especial desde Salta / En Cafayate, da placer dar “la vuelta al perro”. Sobre todo de noche, cuando uno ya recorrió esa encantadora ciudad de Salta con sello calchaquí y se dispone a comer una humita en chala, una cazuela de cabrito, tamales, empanadas salteñas o un locro (si el clima lo permite). Todo sirve de excusa, claro está, para acompañar un vino de las tantas bodegas que se levantan en este territorio y que uno seguramente ya visitó durante el día. Pero esa caminata nocturna alrededor de la arbolada Plaza Principal, donde la antigua Catedral de Nuestra Señora del Rosario es nuestro testigo, es el final de una larga jornada que comenzó temprano y nos llevó por caminos coloridos y cargados de historia.

Si el punto de partida es Salta capital, se llega hasta Cafayate por la ruta 68 luego de transitar 180 kilómetros, muchos de los cuales, serán inolvidables para los sentidos. Es que el paisaje de valles y cerros bañados por el sol comienza su transformación a partir de la localidad de Coronel Moldes y la imponente reserva hídrica de dique Cabra Corral. Junto a la Quebrada del río Las Conchas, nuestras manos se agotan se sacar una y otra fotografía al cordón precordillerano que parece pintado por la más variada paleta cromática de la geología. Verde oscuro con manchones amarillo de la roza caliza, junto a marrones, grises y anaranjados y el sorprendente bordó de hierros oxidados, hacen que el viajero encuentre una postal a cada paso. Lo que hoy es tierra seca y arenosa fue, hace 100 millones de años, lecho marino.

Unos kilómetros más adelante, el color le deja el lugar a las formas. El tiempo y la erosión tallaron esculturas naturales en las rocas, y la imaginación humana les puso nombre. Los Castillos, El Obelisco, El Fraile, El Sapo, entre otros, son atracciones de la geología. Pero sin duda hay dos que sobresalen y son el Anfiteatro y la Garganta del Diablo, dos recintos circulares, a cielo abierto, tallados en la roca por una cascada hoy desaparecida. En estos anfiteatros naturales se hacen espectáculos de música privilegiados con la sorprendente acústica del lugar.

 

Hacia el pasado

Una vez en Cafayate, la ciudad que en lengua cacán (la que hablaban los diaguitas-calchaquíes), significa "cajón de agua" porque allí se juntan dos cursos que dan vida al río Las Conchas, comienza otro viaje al pasado, pero ya este no ligado con lo geológico sino con lo humano. El legado de los diaguitas que habitaron la región se encuentra materializado en pinturas rupestres que pueden encontrarse en más de un sitio dentro del territorio. El Divisadero, al sudeste, las Cavernas de San Isidro, hacia el oeste, y Tolombón, cercano a la frontera con Tucumán, son sólo ejemplos de la belleza cultural que reside en este suelo.

En El Divisadero se pueden observar antiguos asentamientos pertenecientes a los diaguitas. Desde este lugar, ubicado a pasos de la confluencia de los ríos Lorohuasi y Colorado, se encuentras varios morteros y caminando por los variados senderos se hallan diversas pinturas rupestres. Además, esta región fue testigo de la cultura incaica, y tras arduas investigaciones se descubrió que cerca de la ruta 68 pasaba un tramo del célebre Camino del Inca. Estos caminos se extendieron a lo largo de la cordillera de los Andes, desde el sur de Colombia hasta Mendoza en Argentina y Santiago en Chile, cubriendo un recorrido aproximado de 40 mil km. Debido al gran desarrollo latitudinal y altitudinal, la vialidad imperial de los Incas atravesó por los más agrestes y variados paisajes, cruzando pantanos, lagos, desiertos y altas cumbres.

El pintoresco Viejo Molino de piedra, cuya construcción estuvo a cargo de los jesuitas hace más de 350 años, la Catedral diseñada por el arquitecto catalán Pedro Coll entre 1890 y 1895 o una ardua caminata que depara sorpresas hasta las Siete Cascadas del río Colorado son otras de las opciones que uno tiene en agenda para realizar si llega hasta la ciudad con tiempo. Pero también vale la pena, si uno anda en auto, viajar 14 km hasta Tolombón, una pequeña población que conserva petroglifos y ruinas de un pueblo fortificado que data de tiempos precolombinos. O bien ir para norte y transitar 24 km hasta llegar a San Carlos una de las más antiguas ciudades y que pudo ser en un pasado la capital de la provincia, y que hoy conserva a través del paso del tiempo intacto el aspecto arquitectónico colonial de sus casas en su mayor parte de adobe y ladrillo cocido y de sus angostas calles.    

Los sabores

Otra etapa que el turista recorre en su paso por Cafayate es la gastronómica. Señora debe saber, y está bien que se lo advierta, que si su marido acepta viajar a esta ciudad es, más allá del legado que deja la sabia naturaleza y el pasado indígena, por una razón que no es menor: la decena de bodegas que hay en la región. Y la verdad que más allá que uno tome o no tome vino, es interesante conocer en detalle la producción vitivinícola del lugar.

Un punto de partida es el Museo de la Vid y el Vino, a tres cuadras de la plaza central. Fundado en 2011, el objetivo es "promover el conocimiento, exaltar los sentidos y envolver emocionalmente al publico" en el mundo de la uva. Los Valles Calchaquíes, sus paisajes, las tradiciones y la elaboración de los vinos son algunos de los temas tratados en el espacio. El patio central museo le rinde tributo al agua y al sol de Cafayate, dos elementos indispensables para hacer un buen vino. Además, cuenta con cafetería, laboratorios y tienda de recuerdos.

Dejando atrás el museo, llega la hora de ir a las bodegas. Cafayate, que concentra casi la totalidad de las viñas de la provincia con más de 3.200 hectáreas, tiene plantaciones “de altura”, alcanzando los 2.400 metros sobre el nivel del mar y máximas de hasta 3 mil, lo que impresiona por su majestuosa ubicación y por el colorido que regalan los cerros. La reina de la región es el Torrontés, aunque también se pueda encontrar Malbec, Cabernet Sauvignon, Tannat, Syrah, Tempranillo y Chardonnay. Su sabor dulce y frutado, cautiva a los visitantes a pesar de la desconfianza que, por lo general, el argentino le tiene a la uva blanca, a la que se suele relacionar, de una manera claramente equivocada, a la mujer.

La mayoría de las bodegas que hay organizan visitas guiadas durante el día, que terminan con una degustación. Las más conocidas de la zona son Nanni (fundada por un inmigrante italiano en 1897), Domingo Hermanos, El Esteco (que en 1892 sembró sus primeras viñas gracias a los hermanos David y Salvador Michel, de origen vasco-francés), Etchart y Lavaque, aunque hay otras más familiares que siempre es recomendable visitar ya que sus productos no llegan a la provincia de Buenos Aires. Algunas de las bodegas, además de las visitas, ofrecen alojamiento adentro de sus fincas y a pocos metros de los racimos de uvas.

Pero todo lo bueno se acaba. Aunque siempre puede volver a empezar. Para la despedida quedan las compras que pueden ser vinos, dulces o artesanías. Uno puede llegar hasta el Taller Cristofani, que está en la ruta 40 y tiene más de cuatro décadas de historia, para adquirir una tinaja o maceta de arcilla roja, o bien caminar por las empedradas calles de estilo colonial de la ciudad para entrar en uno de los tantos locales de artesanos.

EL DATO

Si uno elije febrero, debe reservar con tiempo un hospedaje. Es que cada año se realiza la Serenata de Cafayate, en el escenario denominado Payo Solá. El encuentro se celebra desde mediados de los 70 y en su historia actuaron figuras de la talla de Los Nocheros, El Chaqueño Palavecino, Gustavo "Cuchi" Leguizamón, Mercedes Sosa, César Isella y León Gieco, entre muchos otros.

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Fecha de hoy

18/10/2017

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