Cachi, con el alma quieta

El atractivo pueblo salteño combina casas de adobe, con calles adoquinadas y un histórico pasado diaguita. El camino hasta llegar allí, ya es una aventura en sí misma.

Por Fernando Delaiti, especial desde Salta / La partida es la ciudad de Salta, por la ruta provincial 33. A partir de allí son 157 kilómetros hasta llegar a Cachi, pero el camino hasta ese objetivo es un viaje de sorpresas, colores y naturaleza, que atrapa desde un primer momento.

Durante las casi tres horas de viaje por esta zona de valles, uno descubre cómo el tiempo sabe detenerse para reflejar otra época, otra cultura, otra forma de vivir, muy distinta a la del ruido y las últimas tecnologías. Por eso, a unos 45 kilómetros de Salta, la pequeña Chicoana es la primera muestra de que la vida sin el murmullo constante, suele ser mejor. Este apacible pueblo de casas bajas alrededor de una plaza central, es uno de los más importantes centros tabacaleros de la provincia, a la vez que se considera la Capital Nacional del Tamal, una típica comida hervida en hojas de chala rellenas con harina de maíz, charqui y carnes de vaca o de cerdo.

El suelo rojizo nos indica que estamos sobre la Quebrada de Escoipe, en el Valle de la Lerna, donde en 1941 Lucas Demare filmó “La Guerra Gaucha", un clásico del cine nacional. Luego comienza un camino de zigzag que parece interminable. Si tiene suerte y las nubes se lo permiten, el viaje será placentero y rodeado de verdes hasta llegar hasta la Cuesta del Obispo y, finalmente, el punto más alto: Piedra del Molino, con 3.360 metros. Pero es recomendable tener cuidado, sobre todo porque es muy probable que este recorrido se haga en medio de las nubes y, en algunos trayectos, el camino tiene unos cinco metros de ancho, lo que obliga al paso de un vehículo a la vez. La Cuesta del Obispo se llama así porque en 1622, la máxima autoridad eclesiástica de la época, Monseñor Cortázar, viajaba desde Salta a Cachi y, como solía tardar varias horas, era común que durmiera a mitad de la subida.

La aventura continúa aunque ahora en descenso. Pudimos ver a lo lejos algún cóndor perderse entre las nubes pero tendremos revancha más adelante, en un mirador especialmente levantado para tomar una buena fotografía de estas inmensas aves. Luego es tiempo del Parque Nacional Los Cardones, de unas 65 mil hectáreas, atravesado por la Recta Tin Tín, un camino sin curvas, totalmente asfaltado, de 18 kilómetros de extensión. Los cactus, muchos de ellos de tres metros de altos, custodian los caminos del antiguo Imperio Incaico y del singular Valle Encantado, que guardan los huellas de su rico pasado.

Cachi está cada vez más cerca. Nos separan 15 kilómetros pero antes vale la pena detenerse un instante en Payogasta, en pleno corazón de los Valles Calchaquíes. Rodeada de cerros y con el imponente Nevado de Cachi con gran dominante del paisaje, este pueblo cautiva por el agua cristalina de los arroyos, el color rojo del cultivo de pimiento para pimentón y la belleza de las sierras pre andinas.

La entrada a Cachi ya nos anticipa que estamos frente a un pueblo quieto, sin edificios, con casas bajas de adobe y piedra, cuyos colores claros (blanco, amarillo y pastel) contrastan con los intensos verdes, rojizos y marrones de la naturaleza. Esta tierra que en épocas del descubrimiento y de la mal llamada conquista era poblado por los diaguitas, posee construcciones típicas de la colonia, con eje en la plaza central, que está rodeada de calles adoquinadas con veredas altas de piedras lajas y canales de riego.

Cachi, en principio, se recorre a pie. Desde la Plaza 9 de Julio, uno puede caminar por sus calles y tomar un primer contacto con las costumbres ancestrales, los tejidos en telar, la fabricación de cerámicas y las comidas regionales. Y para saber un poco más acerca del pasado prehispánico, el lugar a visitar es el Museo Arqueológico Pío Pablo Díaz, donde se encuentran unas 5 mil piezas, entre vasijas, collares, herramientas y esculturas. En los salones de esta casa de estilo neogótico, la línea histórica arranca con los primeros cazadores y recolectores, hasta llegar a los contactos entre los españoles y los aborígenes. En una habitación se ven las urnas funerarias, los tubos de cebil que usaban para inhalar alucinógenos, morteros de piedra pómez y espátulas de hueso, entre otros objetos.

A pocos pasos se levanta la pintoresca Iglesia de San José, de mediados del siglo XVIII, y que originalmente fue capilla familiar de la finca de Felipe de Aramburu, un colono entre cuyos descendientes está Benjamín Zorrilla, gobernador salteño. Austera pero conmovedora por su entorno, tiene los muros de adobe sentados sobre cimiento de canto rodado, techo de madera de cardón y un campanario con tres campanas. En su interior guarda hermosas imágenes del patrono San José, San Isidro Labrador, San Pedro y la Virgen Dolorosa.

Más allá de aprovechar alguna artesanía en el mercado municipal o de comer un plato típico frente a la plaza, otra de las opciones es visitar los alrededores del pueblo para recorrer la decena de sitios arqueológicos con más de 4 mil años de rica historia. Allí, en Las Pailas o Puerta La Paya, por ejemplo, se adivina el diseño de avenidas, corrales, canales de riego, silos para granos y murallas defensivas.

También es imperdible caminar por senderos de montaña, con el Nevado de Cachi en el horizonte, o rumbear hacia Cachi Adentro, a cinco kilómetros, donde se comienza a tomar contacto con las cepas Malbec y Torrontés de las bodegas Isasmendi, Durand y Miraluna. Aunque para los más fanáticos, hay que alejarse unos kilómetros al sur para llegar hasta las bodegas Tacuil y Colomé.

Si uno llegó hasta allí en auto, está claro que es mucho más fácil tomar la decisión de hacer un par de kilómetros para conocer otros lugares. Y si existe esta chance, hay que ir hasta Seclantás, un pueblo de alrededor de 600 habitantes a orillas del río Calchaquí. La “capital del poncho salteño” y el vino patero, atrae por sus artesanos del telar y el sitio arqueológico El Churcal. Y a unos 10 kilómetros de allí, se llega a la agreste Laguna de Brealito, de 70 hectáreas, rodeada de unas pocas casas. La leyenda, dice (creer o reventar), que en el lecho de estas aguas yacen las ruinas de una maldita antigua ciudad, pero hasta ahora nadie lo ha comprobado.

EL CONSEJO

Cachi, donde nació Victorino de la Plaza, uno de los presidentes argentinos de la denominada belle epoque, suele ser para muchos visitantes un lugar para pasar el día. Llegan desde Salta en una combi a la mañana y regresan antes que caiga el sol. Si bien es un pueblo chico, lo ideal es quedarse al menos una noche, para recorrerlo con paciencia, en honor a cómo se vive en esa tierra. Además, es impagable tomar un torrontés salteño y una picada con queso de cabra. a la noche, en medio de esas calles empedradas y bajo la complicidad de la luna. 

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Fecha de hoy

11/12/2017

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