La Cumbrecita, un paraíso alpino

Ubicado a 1.450 metros de altura, el poblado cordobés se eleva en un pequeño valle custodiado por las Sierras Grandes. Secretos de su herencia centroeuropea.

Cuando el médico alemán Helmut Cabjolsky llegó en 1934 junto a su familia a estas tierras, lo hizo a caballo. Sin caminos ni la forestación de pinos que hoy embellece al pueblo, el entonces gerente de la empresa Siemens compró 500 hectáreas en el cerro La Cumbrecita para poder veranear. Maravillados por el entorno y la tranquilidad que le da la parte más alta de las Sierras Grandes de Córdoba, allí se fue levantando, paso a paso, lo que hoy es un pueblo con encanto único y sello alemán. En ese entonces lo llamó “Oberalmdorf” (pueblo de la cima),  y el paraje más cercano era Los Reartes, originalmente posta para cambios de caballos del camino real, que se encontraba a 12 kilómetros en línea recta, pero luego que se construyera la primera huella se convirtieron en 27 kilómetros. 

Primero fue una pequeña casa de verano, que rápidamente pasó a ser un albergue para los amigos de la familia, luego una hostería familiar y actualmente es el hotel La Cumbrecita. Con el tiempo, la ama de llaves de Cabjolsky, Liesbeth Mehnert abrió la histórica confitería Liesbeth, y el hijo mayor de la familia, también de nombre Helmut (pero ingeniero), encaminó en 1938 las obras del loteo, a trazar las calles, construir nuevas edificaciones y forestar. A partir de allí, ciudadanos alemanes, suizos, franceses y austriacos -muchos de ellos exiliados durante la Segunda Guerra Mundial- desarrollaron lo que hoy es un pueblo alpino a 1450 metros de altura, con unos mil habitantes estables y que recibe cada año a unos 360 mil turistas.  

La herencia centroeuropea se refleja en la arquitectura y la gastronomía. También en el orden y el silencio (sobre todo fuera de temporada), aunque buscan que se extienda todo el año ya que es denominado “pueblo peatonal”. Cuando uno llega de visita, el auto debe dejarse en la entrada, del otro lado del río Del Medio, y mediante un micro (o a pie) recorre un par de kilómetros para ingresar a la villa. Durante el día, sólo pueden entrar motorizados aquellos que tengan reservas de alojamiento, con la condición de dejar el vehículo en el estacionamiento, y los propietarios, sólo para entrar y salir del pueblo.

Esta joya ecoturística tiene una reminiscencia a los pequeños poblados germanos del siglo XV, con calles de arena y ripio, construcciones con techos de tejas a dos aguas, mucha piedra y madera en sus apliques y detalles, como también en toda su cartelería y señalética. Algo común, en realidad, en todas las localidades de la región de Calamuchita. Su tendido eléctrico es renovable, las aguas son tratadas y reutilizadas, cuenta con una planta de tratamiento cloacal y sistemas para recoger el agua en pozos y se reciclan plásticos, vidrios y metales en una instalación a pocos kilómetros del casco. La basura orgánica, en general, se transforma en compost para las huertas.

A caminar

Lo más común es hacer un paseo a pie,  aunque también, para los más entrenados, hay para hacer trekking o cabalgatas grupales partiendo desde esta misma población. En todo momento uno estará en contacto con el verde de las coníferas a los que suman otros como liquidámbares, abedules, tilos, abetos, cipreses, robles, que comparten paisajes junto al colorido variado de las flores de estación.

La recorrida empieza por la entrada al pueblo y lo atraviesa siguiendo la calle principal hasta la casa de té Liesbeth, tras el arroyo Almbach. En el centro geográfico del pueblo está la Plaza del Ajedrez, un tablero de ajedrez gigante con esculturas en hierro como piezas. Y a mitad de camino, subiendo una escalera se llega hasta la pequeña Capilla ecuménica, construida en 1967, con su curiosa fachada de estilo nórdico. En su interior hay una valiosa talla de la Virgen María traída de Baviera.

Poco más arriba se encuentra la pintoresca fuente de agua de madera de lapacho, construida como regalo para el fundador del pueblo en 1942. En la parte superior tiene una campana, pensada en su momento como alarma para emergencias o en caso de incendios en la zona. Mientras que otro atractivo es El Castillo, una pequeña construcción ideada por Erwing Müller en los años ’40, con símbolos y escudos grabados en la madera y en la piedra de sus paredes. Cuentan que este hombre vivió allí, en una de las partes más altas de las sierras, y tenía un sistema de códigos (un mástil con una bandera verde y otra roja) para comunicar su estado de salud (y humor) a los vecinos.

Si bien el agua es fría, después de una larga caminata, muchos optan por un chapuzón. Para ello hay diferentes espejos de agua. Uno de los más codiciados es La Cascada, un hermoso salto de agua de 14 metros que se precipita sobre una especie de pileta natural de cinco metros de profundidad. Obviamente no es una experiencia para cualquiera, ya que es necesario saber nadar si uno pretende desplazarse en el agua y disfrutar del entorno de natural. Un detalle no menor: para llegar hasta esta zona hay que hacer una caminata de 20 minutos por un sendero con cierta dificultad. Abuelos, embarazadas o niños pequeños, mejor abstenerse.

De más fácil acceso y también muy lindo para sentarse a descansar o disfrutar del agua, es La Olla, un balneario sobre el arroyo Almbach. En medio del bosque de coníferas, el salto de agua cae sobre otra especie de pileta natural de más de seis metros de profundidad. A diferencia de La Cascada, si bien es una zona rocosa, hay otros espacios para compartir con los más pequeños que no son tan peligrosos y donde uno puede, aunque sea, meter los pies. En tanto, unos metros más adelante en el camino, está  el Lago de las Truchas, otro espejo de agua que muchos utilizan para descansar bajo la sombra de una planta.

Dentro de un antiguo bosque se encuentra también el Cementerio, donde descansa gran parte de la historia local y la identidad del pueblo. Mientras que aquellos que están más entrenados, optan por llegar a la cima del Cerro Wank. El camino arranca  en una pequeña pasarela de madera que atraviesa el arroyo Almbach, frente a la tradicional confitería Liesbeth. Desde allí el sendero trepa entre la naturaleza, y si bien se logran muy lindas postales del pueblo durante el trayecto, desde la cima, a 1715 metros de altura, uno puede apreciar todo el entorno.

 

Aventura cerca del cielo

Epi. La tirolesa es uno de los máximos atractivos del lugar.

Una vez que se recorre el centro histórico se llega hasta la estación del “Cedro”, donde el tren Tirolés “Adller Express” traslada al visitante hasta la estación del “Pino”, donde se encuentra el centro de Actividades Peñón del Águila.

Esta reserva natural y parque temático, tiene más de 200 hectáreas con propuestas recreativas para todas las edades. Para los amantes de la aventura, el vértigo y la adrenalina, existe un circuito de plataformas sobre árboles que desemboca en una secuencia de tirolesas de 700 metros de longitud, cruzando de montaña a montaña por arriba de ríos y cascadas. Para los que se animan a más, la Escalada y el Rapel son un buen desafío.

Para quienes prefieren la contemplación y las caminatas, se ofrecen diversos senderos autoguiados de interpretación con distintos recorridos por la Reserva Natural, complementados por juegos didácticos que permiten al visitante reconocer los magníficos recursos naturales y culturales que se observan a lo largo del paseo.

Costo: la entrada es de $120 y luego hay que abonar por cada actividad. Las cinco tirolesas, por ejemplo, cuestan $550.

 

El dato

La guerra, el hundimiento y “nuevos visitantes”

Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, las primeras repercusiones no tardaron en llegar a la Argentina. Transcurría diciembre de 1939 y el acorazado alemán Graff Spee se hundía en costas uruguayas tras un disparo británico. Mientras los marinos alemanes fueron internados en Buenos Aires (algunos se quedaron a vivir en nuestro país), el comandante Hans Langsdorff optó por suicidarse, lo que lo convirtió en el primer oficial de renombre nazi que tomó esa decisión en el conflicto bélico.

Tras el hundimiento, el Gobierno argentino recibió a los náufragos, y destinó al Valle de Calamuchita más de 120 integrantes de la tripulación. Sin embargo, dos años después, una bandera argentina fue quemada en medio de un clima político enrarecido, y la Legislatura provincial decidió cambiar el nombre de Villa Calamuchita por el de Villa General Belgrano, actual localidad a pocos kilómetros de La Cumbrecita, en homenaje al creador de la bandera.

 

 

El consejo

Si bien casi todos los negocios aceptan pagos con tarjeta, es bueno saber que en el pueblo no hay banco ni cajero automático. Tampoco existe estación de servicio, por lo que es conveniente revisar bien el tanque de nafta. Es necesario llevar "calzado apropiado" para transitar los senderos y existen multas para quienes dañen la flora y la fauna. Un dato más: antes de empezar a caminar vaya, de ser necesario, al baño en el ingreso a la villa, ya que pedir un sanitario en algún comercio puede costar hasta 50 pesos. 

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Fecha de hoy

23/09/2018

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