Donde las ruinas tienen la palabra

Un recorrido por la historia jesuitas de San Ignacio Mini y la casa del escritor Horacio Quiroga, todo en tierra misionera.

El tiempo pasa ineludiblemente para todos, pero hay obras que persisten a lo largo de la historia y nos siguen nos sorprenden cada vez más: la ciudad de San Ignacio, en Misiones, resiste la marcha de los años custodiando los restos de una civilización diseñada por jesuitas y construida por manos guaraníes que descolló por su eficiencia hace 400 años y por eso mismo debió extinguirse.

En pleno centro de la localidad, por la ruta número 12, y a 60 kilómetros de Posadas, uno encuentra la paz y se transporta a una época en la que la vida era muy diferente, donde la economía era sobre la base de la agricultura, recolección de miel, cría de ganado y el comercio.

Según narra la historia, los sacerdotes José Cataldino y Simón Masceta fundaron en 1610, en la región del Guayrá (Brasil), la reducción de San Ignacio Miní, junto a otras que, en 1631, serían asediadas en forma constante por los cazadores portugueses de esclavos (bandeirantes). Sólo el pueblo de San Ignacio y el de Nuestra Señora del Loreto sobrevivirían a los ataques, emigrando en 1632 y estableciéndose a orillas del río Yabebirí, en la actual provincia de Misiones.

San Ignacio Miní se establecería en el sitio donde hoy perduran sus ruinas en el año 1696, como una experiencia social, cultural y religiosa única de su tipo, protagonizada por los pueblos originarios y la Compañía de Jesús. Posteriormente, todas las reducciones, incluso ésta, serían destruidas por el dictador paraguayo Gaspar Rodríguez de Francia, en 1817, y restauradas en forma total en la década de 1940, situación que permite apreciarlas actualmente. En 1984 fueron declaradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Aunque de las originales 18 hectáreas fueron recuperadas ocho.

En medio de construcciones de adobe -o lo que quedan de ellas-, el turista se va sorprendiendo a cada paso por lo que fue el trazado urbano de esa comunidad y la organización que tenían con su plaza, el cementerio y las viviendas de los pobladores, entre otras edificaciones.

Pero sin duda la Iglesia de más de 60 metros de largo y 30 de ancho, con tres grandes puertas de entrada, es la joya que cautiva todos los flashes. El templo mayor, de tres naves, fue construido con piedras de la zona, la cubierta era de tejas, a dos aguas, sostenida por una estructura de madera. En toda su arquitectura, una excelente muestra del barroco americano, puede apreciarse el legado guaraní, palomas, y dibujos de las flores del lugar.

En el centro está la plaza, un espacio vacío de arquitectura, pero desbordante de contenido simbólico. Representaba lo comunitario y en ella se realizaban las actividades culturales de la reducción. Tiras de viviendas cercaban la plaza por tres de sus lados. Estas se agrupaban en barrios que pertenecían a un cacique y su tribu. La casa del cacique era igual a la de los demás, pero estaba ubicada en un lugar privilegiado: en el frente, con vista a la plaza central.

De acuerdo a la historia, dentro de las misiones reinó una organización comunitaria, sin riqueza ni lujos, donde todos trabajaban y consumían por igual. Tuvieron tanto éxito que, un siglo y medio después de ser fundadas, la corona española las consideró una amenaza para su sistema aristocrático y decidió expulsarlas.

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20/06/2019

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