Piriápolis, la idea de un hombre

Francisco Piria pensó e impulsó esta ciudad balnearia uruguaya del departamento de Maldonado. Hoy su sello está a cada paso. Arena fina, agua limpia y mucha naturaleza para el verano.

La audacia y visión de un solo hombre, Francisco Piria, hizo de Piriápolis una ciudad bella, tranquila y con ansias de superación. Ubicada en el departamento de Maldonado, a tan sólo una hora de automóvil desde la ciudad de Montevideo y vecina de la glamorosa Punta del Este, el primer balneario de Uruguay, construido durante la belle epoque, deja aún ver vestigios de un auge económico nunca visto hasta entonces, y que tiene al Gran Hotel Argentino como el punto máximo alcanzado.

Si bien el corazón de la ciudad late en la Rambla de Los Argentinos, recorrer sus extensas playas, subir al Cerro del Toro, conocer el Castillo de Piria, el Parque Pan de Azúcar o el Castillo Pittamiglio son solo algunas de las opciones que el viajero que llega hasta allí con el calor del verano puede disfrutar. Hoy, a más de 120 años de esos primeros cimientos, este paraíso ofrece una gran cantidad de hoteles y posee una activa vida nocturna.

Pero los inicios no fueron fáciles y Piria, ese personaje pintoresco que supo distinguir en aquel campo virgen el escenario perfecto para construir este balneario, lo sabía bien. Gracias a su tío, un monje jesuita que lo llevó a Italia, estudió y adquirió conocimientos de historia y filosofía. En 1890, fundó un establecimiento agroindustrial en los alrededores del cerro Pan de Azúcar y allí conoció las bondades que tiempo después pasaría a bautizar como Piriápolis. Poco a poco comenzó a pensar la ciudad frente al mar de una manera más que interesante para la época. Esto se fue materializando a través de las distintas construcciones, muchas de ellas millonarias. Un 17 de agosto del año 1897 se inauguró el Castillo, la que fuera su residencia y en la actualidad es uno de los atractivos del lugar.
Siete años más tarde, surgió el Gran Hotel Piriápolis y la majestuosidad de su arquitectura y los muebles traídos exclusivamente desde Italia rápidamente dieron que hablar al mundo entero. Este bellísimo hotel pasó a alojar a los primeros visitantes. Pero en 1930, Piriápolis recibió el toque de distinción que le faltaba: se inauguró el Gran Hotel Argentino, con capacidad para 1.200 personas. Lo más grande que existía en aquellos tiempos. Hoy, el ícono de la ciudad puede, y debe, visitarse.

Aunque una semana en la ciudad nos permitirá conocer cada rincón, De Viaje te propone los principales circuitos que debés tener en agenda: 

 

Rambla y playas

La Rambla de los Argentinos es el lugar por excelencia de la movida de la ciudad. Sea en familia, pareja o amigos, recorrerla llena el espíritu en toda época del año. La vía de 5 kilómetros fue construida con piedra traída desde las canteras del Cerro de Pan de Azúcar. Y para hacerla, se siguió el riguroso cumplimiento de patrones de diseño europeos. Es especialmente muy vistosa, en su trayecto ofrece una maravillosa vista panorámica, dentro de la que sobresale el histórico Hotel Argentino y el pintoresco puerto de la ciudad.

Una posibilidad es conocerla en bicicleta, aunque el recorrido general sea más grande. La propuesta pasa por realizar el paseo desde el balneario Playa Hermosa, a la altura de la Parada 14 de la ruta que bordea el mar. Este primer punto (que limita hacia el oeste con Playa Verde) se encuentra emplazado sobre una bahía y presenta una playa de arena muy clara. Allí se pueden hacer paseos en barco y pesca artesanal, a la vez que su ubicación es ideal para contemplar la caída del sol.

A dos kilómetros en dirección este, siguiendo la ruta y ya casi en la entrada a la ciudad, se llega a Playa Grande. Con un conjunto rocoso sobre la fina arena, se trata de otro buen sitio para practicar la pesca. A partir de aquí, una vez que reponemos energías, el camino se transforma en la Rambla, con sus playas populares a la derecha y el centro comercial y gastronómico de la izquierda.

El viaje continúa hasta llegar al Hotel Colón, en la esquina de la avenida Francisco Piria. De allí el camino nos conduce, si aún quedan fuerzas, hacia la entrada al cerro San Antonio. Mientras que los más osados pueden realizar su ascenso con las mismas bicicletas, también existe la opción de dejarlas estacionadas y subir con la aerosilla. La otra opción es quedarse en en el puerto y aprovechar las vistosas imágenes que nos dan las embarcaciones, sus escolleras y el inconfundible faro.

Vuelta por los cerros

Como toda ciudad, Piriápolis tiene su lugar de referencia para sacar la foto típica. Se trata del Cerro San Antonio, con sus 130 metros de altura, desde donde la vista se nos llena con las playas, el puerto y las residencias de Punta Colorada. Es el cerro más emblemático del balneario, y debe su nombre a la modesta capilla que tiene en su cumbre y que honra al patrono de las damas que buscan a su amor. Según se conoce, la imagen del Santo fue traída especialmente desde tierras italianas. A su vez, esta no es la única presencia religiosa que hay en el lugar: a medio camino hacia la cumbre también se puede encontrar a la Virgen de Stella Maris, protectora de los pescadores, marineros y  navegantes.

El otro cerro es el del Toro, que solía ser un punto de vigilancia del Ejército español a la espera de barcos enemigos. Posee 240 metros de altura y forma parte de la Sierra de las Ánimas. No fue sino hasta 1911 cuando se inauguró la Fuente del Toro, una escultura  de fundición francesa, que se volvió un punto turístico. Hoy en día no sólo puede visitarse la fuente, sino que incluso se puede ascender hasta la cima donde se contempla una vista privilegiada del balneario. Siguiendo por la escalera a un costado de la fuente se llega al sendero que conduce a la cima del Cerro del Toro. El ascenso es de unos 30 minutos aproximadamente y en la cima se encuentra la estatua de Diana, también colocada por Francisco Piria. El atardecer es, nuevamente, el mejor momento del día para pasar en la cima.

 

Para los más chicos

Hay lugares que siempre están pero a los que nunca se llega porque están de paso. Entre las localidades de Piriápolis y Minas, el Cerro Pan de Azúcar y su reserva es uno de esos sitios. En las laderas del famoso cerro, a unos 6 kilómetros del centro, se encuentra este paseo imperdible para conocer la fauna y flora autóctonas, ideal para ir con chicos. Tiene juegos infantiles, área de picnic y una gran variedad de actividades de aventura y ecoturismo, organizadas por el Eco Parque.

Cuenta con 423 metros de altura, siendo el tercer punto más alto de Uruguay. A partir de 1890, Piria pone a funcionar la cantera en este lugar, extrayendo rocas de granito de sus laderas cuya mayoría se utilizarían en la construcción de la rambla y el puerto. Hoy en la ladera del cerro donde funcionaba la cantera se encuentra la reserva de fauna y flora, en un predio de 86 hectáreas, y que cuenta con más de 250 seres vivos de 53 especies. En su recorrido pueden encontrarse ejemplares de especies como yaguareté, puma, gato montés, armadillo, tamandúa, guazubirá, chajá, ñandú y yacaré, por nombrar algunas.

Mientras que desde el mirador y tras caminar una hora y media uno puede hacerse una idea de la magnitud de las canteras de hace cien años, otro atractivo es el túnel en el Valle Suizo, por el que transitaban vagones transportando la piedra extraída. En lo más alto sobresale una Cruz de 35 metros de altura, a la que puede subirse mediante una escalera en espiral.

 

Historia de castillos

Visita obligada, el Castillo de Piria, construido entre 1894 y 1897 bajo el diseño del arquitecto Aquiles Monzani, fue la residencia del fundador de la ciudad y de su familia. Tras la muerte de Francisco Piria, el castillo permaneció en manos de Carmen Piria hasta que fue vendido en 1975. Cinco años más tarde fue adquirido por el municipio de Maldonado  para su restauración y en la actualidad es un museo municipal con entrada libre.

En medio de plantas exóticas y palmeras de las Canarias, esta construcción en terracota sorprende a los visitantes. Con una fachada en estilo medieval, el castillo imita a las villas italianas de fines del siglo XIX. La casa principal tiene dos plantas y un sótano, no habilitado para el público. En la planta alta, los balcones florentinos ofrecen una maravillosa vista de las sierras y de la ciudad. En la planta baja hay una colección de objetos pertenecientes a Piria: documentos, folletos, volantes, fotografías murales. El interior de la planta alta (que se visita con guía) está adornado con el mobiliario de la época, armas y utensilios, además de obras de arte provenientes de Europa. Uno de los aspectos más interesantes del Castillo de Piria está en la abundancia de símbolos alquímicos que poseía en sus comienzos, y que han dado lugar a numerosas leyendas, como la del laboratorio instalado en el sótano.

Entre las numerosas estatuas del jardín está una réplica exacta de la figura de bronce representando a Mercurio, el mensajero de los dioses. Al costado del castillo están las caballerizas. El piso original, como otras zonas del predio, fue víctima del vandalismo luego de la muerte de Francisco Piria.

Otro Castillo por conocer en la zona es el de Pittamiglio. Se encuentra en el balneario Las Flores, a cinco minutos de Piriápolis y fue la residencia de verano del arquitecto, político y empresario uruguayo Humberto Pittamiglio, también famoso por su castillo en la Rambla de Montevideo. El edificio, construido en 1956 y abrazado por 80 hectáreas, tiene el aspecto de un gran castillo medieval, con torreones y pasadizos. Como era alquimista, Pittamiglio no legó sus propiedades pues creía que retornaría de la muerte.

 

Secretos de la ciudad

Una de las escapadas que está en la agenda de todo turista es visitar la Fuente de Venus. Es un paseo ideal para realizar con los más pequeños ya que cuenta con juegos para niños y con una intensa sombra que permite disfrutar de todo el parque con comodidad. La fuente que emana agua mineral, inaugurada en 1911, fue pensada también por Piria y es réplica exacta del templo griego que se encuentra en la Villa Paravicini en Italia (a su vez idéntico a otra fuente que está en Versailles).

Sobre la Ruta 37, en un alto que domina toda la ciudad, se encuentran los vestigios de la iglesia que  Piria quiso construir en 1917 para que fuera el centro del balneario. Sin embargo, nunca fue finalizada. Algunas versiones indican que la Iglesia Católica se negó a recibir este edificio como donación, por considerarlo indigno a causa de sus símbolos alquímicos y masónicos. A la muerte de Piria, la iglesia fue abandonada sin que se culminara su obra, ni se le prestara mantenimiento. Actualmente se encuentra con un techo en muy mal estado, sin piso y varias paredes deterioradas. Pese a esto, merece conocerse y tomar buenas fotografías.

Una pintoresca postal que suelen tomar los viajeros es sobra la Rambla de los Argentinos frente al Hotel Colón, una construcción originalmente levantada por Arturo Piria (hijo de Francisco) en 1910 como su residencia personal.  Aunque si de alojamientos hablamos, el imponente Gran Hotel Argentino, en pleno centro, es el que se lleva todas las miradas. Por su clásica arquitectura, su reconocida trayectoria y sus servicios de alto nivel que incluye un casino. La obra fue diseñada por el arquitecto Pedro Guichot, un francés que dejó su sello en Buenos Aires, y vio la luz en 1930. La vajilla del hotel es originaria de Alemania, la cristalería de la desaparecida Checoslovaquia, la lencería (trajes de baño) de Italia, mientras que los muebles de las habitaciones y de los espacios públicos son de origen austríaco.

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Fecha de hoy

16/12/2017

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