Con el corazón indígena

Las Ruinas de Quilmes es un lugar único y con una historia muy rica en la provincia de Tucumán. A pocos kilómetros de allí se levanta Amaicha del Valle, un pueblo donde aún perviven el cacicazgo y el consejo de ancianos.

Amaicha del Valle, el pueblo que tiene 360 días de sol al año, resguarda como pocos la cultura de sus pobladores originarios. En el extremo meridional de los Valles Calchaquíes, al noroeste de Tucumán, los descendientes de la nación Diaguita viven dedicados a explotar los frutos del suelo reseco, crean artesanías y dan a conocer su cultura a los turistas.

Gracias a una Cédula Real que data de 1716, la comunidad aborigen de Amaicha tiene en posesión las tierras en las que se levanta este pueblo donde aún perviven el cacicazgo y el consejo de ancianos. Por estos y otras tantas costumbres, esta comunidad vibra con gran intensidad las tradiciones de los pueblos que habitaban lo que en su tiempo fue la frontera sur del imperio Inca.

Y a unos 20 kilómetros de allí, hay otro ejemplo: la ciudad venerada por la comunidad Quilmes. El asentamiento reconstruido en 1977 rescata la identidad y la cosmovisión de una civilización que empezó a florecer hace 9 mil años con la cultura Ampajango. A las Ruinas de Quilmes, como se las conoce popularmente, se puede llegar desde la salteña Cafayate o bien desde Amaicha. El paisaje de las sierras y el cordón Calchaquí cautiva al visitante y habla por sí solo, aunque cuesta imaginar que en el 800 D.C. los Quilmes estuvieron allí y fueron uno de los asentamientos prehispánicos más importantes de los pueblos Calchaquíes. Pertenecen a la Nación Diaguita, fueron cazadores y guerreros en la defensa de su territorio.

Los Quilmes alcanzaron un muy importante desarrollo social y económico, y llegaron a tener 3 mil habitantes en el área urbana y 10 mil en los alrededores. La expansión Inca pasó por estas tierras y dejó su impronta en la arquitectura, en algunas costumbres y en el idioma, el quechua. En la falda del cerro, se advierten las bases de las primitivas viviendas que supieron tener techos de cardón, algarrobo y paja, rematada por una fortaleza situada en la cima y dos fortines a ambos costados, sobre la cornisa; y hacia el sur, una gran represa que era empleada para regadío y canchones aterrazados para el cultivo.

Tras la ocupación española iniciada en el año 1535, esta región fue el último bastión de resistencia de los pueblos de los Valles Calchaquíes que duró 130 años y que se plasmó en tres grandes levantamientos. Pero “la derrota” llegó 1666, y allí unos 2 mil pobladores quilmes fueron degradados como esclavos y forzados a caminar encadenados hasta la orilla del Río de la Plata, al sur de la incipiente ciudad de Buenos Aires. Cuenta la historia que sólo unos 400 de ellos pudieron llegar y fueron encerrados en la reducción Exaltación de la Santa Cruz. Sería el más lejano antecedente poblacional de la actual ciudad de Quilmes.

En el final del recorrido, cuando uno ya uno recorrió el cerro impregnado de misterios, mitos y leyendas, puede hacerse un espacio para comprar algunas de las artesanías de las comunidades locales. Y luego emprender el regreso hacia Amaicha, donde aún quedan muchos rincones del pasado por descubrir.
 

La Pachamama

Amaicha, el lugar donde se realiza la Fiesta de la Pachamama más emblemática del noroeste argentino, conserva todavía los rasgos culturales más importantes de la cultura Diaguita. En el ingreso del pueblo se encuentra uno de sus principales atractivos, el Centro Cultural Pachamama, una galería-museo en la que el artista local Héctor Cruz rinde homenaje a la diosa “Madre Tierra”. El complejo fue construido casi por completo con piedras de la zona y cuenta con imágenes de diferentes deidades del panteón de los pueblos Calchaquíes, como Inti (el dios Sol) y Quilla (la diosa Luna). Además de las esculturas a dioses, sobre las paredes y pisos se pueden observar grandes símbolos pertenecientes a los pueblos originarios; y en un sector lateral, una terraza que rememora a las construidas por los nativos para desarrollar sus cultivos. Todo se matiza con la presencia de cardones y algunos árboles que terminan de recrear un verdadero paisaje tucumano.

El pueblo y sus alrededores ameritan recorrerlos con calma, como suele vivirse allí. Sus calles se invaden del silencio y eso nos permite disfrutar de una visita diferente.  Pasar por la Virgen Tallada (imagen religiosa escultórica en madera que representa la figura de la virgen), la Cooperativa de Artesanos La Pachamama (ubicada frente a la plaza), o probar los dulces regionales son algunos de las opciones. O bien uno puede alejarse unos kilómetros y llegar hasta el Observatorio Astronómico de Ampimpa ubicado a 2560 metros sobre el nivel del mar, o transitar 7 kilómetros hasta El Remate,  un cañón donde puede apreciarse un afluente de agua de origen subterráneo donde se realizan paseos en caballos o caminatas.

Pero otro aspecto destacable de la comunidad es la parte culinaria. En el pueblo hay fondas familiares y puestos de comidas en los que se ofrecen delicias típicas de la región, como el locro, los tamales y jugosas empanadas. Y, en los momentos más intensos de las celebraciones de la Pachamama, hasta es posible conocer el sabor de la chicha casera, la bebida tradicional de origen prehispánico, hecha a base de maíz u otros cereales fermentados.
 

EL DATO

Por estos días estará en la calle el primer vino de la bodega comunitaria de Amaicha, con identidad propia y sabores ancestrales. La bodega fue levantada según las técnicas constructivas del pasado en los Valles Calchaquíes: paredes redondas, poca elevación y sintonía con la naturaleza. Se trata de la segunda bodega en el mundo que pertenece a una comunidad indígena, y llevó alrededor de cuatro años de construcción. La edificación estuvo en manos de comuneros que utilizaron el pircado como técnica ancestral de elevación de muros para el desarrollo de los habitáculos circulares interconectados. Su construcción se caracteriza por la permanente interacción con la naturaleza.

 

TU GUÍA

Cómo llegar

Un vuelo entre Buenos Aires y San Miguel de Tucumán por Aerolíneas Argentinas arranca en los 2171 pesos. Luego habrá que recorrer 160 km hasta Amaicha del Valle. Una opción es ir en Transporte Aconquija cuyo valor es de 200 pesos.

 

Dónde dormir

Si bien Amaicha es un pueblo pequeño, ha desarrollado diferentes sitos de alojamientos. Desde hoteles pasando por cabañas o hostels. Fuera de temporada de verano los precios son muy accesibles. Una posada como Aguaysol, a 3,7 km de la ciudad ronda los 400 pesos la noche para dos personas. Una opción para alojarse también es Tafí del Valle, ubicada a 53 kilómetros y que cuanta con más variedad. 

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Fecha de hoy

21/08/2017

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