Los colores calchaquíes

Un recorrido increíble por la ruta 40 en Salta nos lleva a través de poblados encantadores. Cultura, historia y las bondades de una naturaleza sabia de Cafayate a Cachi.

Los Valles Calchaquíes, que se extienden de norte a sur por la región central de la norteña provincia argentina de Salta, son un sinfín de atractivos para el viajero curioso: verdes en las alturas, el rojizo de los caminos, los lechos de piedra, el rancho de adobe y el telar. A lo largo de la ruta 40, desde Cafayate hasta Cachi encontramos cerros de colores, artesanos, sitios arqueológicos, iglesias antiguas y huellas de culturas milenarias. Pero también pimientos secándose al sol y diversas bodegas intimistas para disfrutar de la mejor uva rodeados de la tranquilidad del paisaje.

Y como dijimos, el inicio para nosotros será Cafayate, una ciudad de calles apacibles, muy pintoresca y que fue fundada gracias a una donación de tierras realizada por Josefa Antonia Frías de Aramburu. Un buen punto de partida para conocer el legado cultural de la zona es el Museo Regional Arqueológico Rodolfo Bravo, con más de mil piezas arqueológicas. Al frente de la plaza principal está la Catedral Nuestra Señora del Rosario, construida a finales del siglo XIX. El pintoresco Viejo Molino de piedra, cuya construcción estuvo a cargo de los jesuitas hace más de 350 años o una ardua caminata que depara sorpresas hasta las Siete Cascadas del río Colorado son opciones para realizar si llegamos con tiempo. Y si nos queremos acercar al legado de los diaguitas que habitaron la región, este se encuentra materializado en pinturas rupestres que pueden encontrarse en más de un sitio dentro del territorio. El Divisadero, al sudeste, las Cavernas de San Isidro, hacia el oeste, y Tolombón, cercano a la frontera con Tucumán, son sólo ejemplos de la belleza cultural que reside en este suelo.

Además del Museo de la Vid y el Vino, Cafayate, que concentra casi la totalidad de las viñas de la provincia con más de 3.200 hectáreas, tiene plantaciones “de altura”, que llegan hasta 3 mil metros sobre el nivel del mar, lo que impresiona por su majestuosa ubicación y por el colorido que regalan los cerros. La reina de la región es el Torrontés. Pero el tiempo nos apremia, y debemos comenzar nuestro recorrido.

La primera de las paradas es a unos 30 kilómetros: se trata de Animaná, cuyo nombre proviene del Cacán y significa "lugar del cielo". Es un pequeño poblado cuya economía gira en torno a la industria vitivinícola. El viajero tiene la posibilidad de realizar caminatas y cabalgatas por las fincas, pasar por el Museo de Artes Visuales y comprar alguno de los tejidos o alfarería de los artesanos del lugar.

Este poblado, además, es famoso por esa bella canción Fuego de Animaná: “Dicen que yo, de solo estar / Fui apagándome / Como la luz lenta y azul / De un atardecer / Es que yo soy, ese que soy / El mismo nomás / Hombre que va buscándose / En la eternidad / Si es por saber de dónde soy / Soy de Animaná”.

Cuenta la historia, que allá por junio de 1972 los trabajadores de las Bodegas Animaná, que venían reclamando por la falta de pago de sus salarios desde marzo, adoptan diversas medidas de fuerza que van desde el paro hasta la instalación de una olla popular en el pueblo mismo y la quema de gomas, lo que para muchos es el primer piquete de Argentina. El conflicto se profundizó, los obreros se movilizaron, ocuparon la Intendencia y destituyeron al jefe comunal para poner en su lugar a un trabajador bodeguero. Con el control total del pueblo, se resuelve cortar la ruta de acceso e imponer el pago de “un peaje” a todos los vehículos que por allí circulaban para comprar alimento para los niños del lugar. Hacia agosto, y tras una serie de detenciones, la pueblada se profundiza, marchan más de 800 personas hasta Cafayate y logran la liberación del intendente y trabajadores. Unos años después, el poeta mendocino Armando Tejada Gómez, basándose en el fuego de esas gomas quemadas, convierte estos acontecimientos en poesía, a la que el salteño Cesar Isela le pondrá la música.

Siempre por asfalto, se llega hasta San Carlos, uno de los poblados más antiguos de la provincia, con amplias viviendas coloniales de adobe y ladrillo cocido y calles angostas. En ese lugar fueron cuatro las ciudades españolas que cayeron ante las tribus calchaquíes. Finalmente, en el año 1641, fue fundado por los Jesuitas con el nombre de San Carlos de Borromeo, y a lo largo de su rica historia estuvo a un paso de ser la capital de Salta, aunque perdió por un voto la elección.

Saqueada y destruida por realistas en 1813 para que no cayera en poder de las fuerzas patriotas, la visita obligada (por historia y porque el pueblo es chico y demos la vuelva que demos pasaremos por la plaza) es la iglesia, la más grande de los Valles Calchaquíes y la única con crucero y cúpula de esta región, cuya construcción finalizó en 1854. Además el Cabildo Municipal y el Museo cuya casona data del siglo XVIII se conservan en gran estado, y se destaca el Molino de Piedra, las pinturas rupestres del Paraje San Lucas y la pesca en el río Calchaquí.

 

Rumbo a las flechas

Hay que retomar el camino, porque Angastaco nos espera. Ya no será asfalto, es tiempo de ripio, aunque en buen estado. En el kilómetro 4380 de la Ruta 40 comienza la Quebrada de las Flechas, donde las placas sedimentarias a ras del suelo se quebraron por el surgimiento de las montañas y sus extremos quedaron apuntando al cielo. Luego el viento las afiló y ahora parecen cuchillas o puntas de flecha, una al lado de la otra. La naturaleza una vez más aquí fue sabia para crear este escenario maravilloso, donde incluso pareciese que las aves del lugar son cautelosas para no pasar tan cerca de estas piedras. La traza de la ruta pasa por desfiladeros con cortes: El Ventisquero, (km 151), y La Flecha, un kilómetro más adelante.

Si viaja en vehículo propio o alquilado, uno puede dejarlo al costado del camino y recorrer la zona caminando. Hay sendas marcadas a lo largo de los 20 kilómetros de trayecto de la Quebrada que lo llevan a uno a sitios elevados desde donde se tiene una vista privilegiada. En esta zona el terreno y los cerros no son rojos sino ocres, como las casitas de adobe que uno encuentra en los poblados que rodean la región.

La quebrada finaliza con la llegada a Angastaco, que tiene un paisaje único gracias a las caprichosas formas de las montañas y sus colores, el río y su cielo de un azul intenso. Este poblado está situado en plena serranía, en un valle, surcado por el río Angastaco, que cruza junto al pueblo después de nacer en Pucará, echando sus aguas más adelante en el Río Calchaquí. Sus casas de adobe y piedra con galerías, en medio de campos cultivados que dan colores a su arenoso suelo, hacen del pueblo un precioso lugar. 

Entre los atractivos para visitar están la vieja iglesia, que se encuentra a 5 kilómetros, data de 1945 y fue construida por el vecindario del lugar con materiales de la zona: adobe, techo de caña y piso de ladrillo, en el predio de la familia Cruz. Mientras que en el pueblo, la Iglesia del Carmen, la nueva, se encuentra sobre una lomada y tiene un estilo arquitectónico colonial pese a su construcción de 1976. Además, dentro los lugares a visitar cercanos se encuentran el yacimiento arqueológico de Pucará de Angastaco y el Fuerte de Tacuil donde sus pobladores nativos se arrojaron al vacío antes que servir al español.

El pueblo, que invita a detenerse al menos una noche y respirar el aire sereno, cuenta con una muy linda Hostería, con un Centro Cívico, con un Museo Arqueológico y bellas artesanías para quedar bien con algún familiar. Aunque esta zona de cultivos como de cereales, frutas y especias, también cuenta con sus vinos regionales y pateros. “Si andando por Angastaco / te pilla la sed: / pedile vino a una moza; / al año justito, la vendrás a ver”, reza un fragmento de Zamba de Angastaco, que popularizaron Los Fronterizos.  

En el kilómetro 4420, se puede visitar la Finca El Carmen donde se encuentra la Iglesia del Carmen, la más antigua de los Valles Calchaquíes. Dicha iglesia fue construida en el año 1780 por los padres jesuitas y restaurada por los dueños de la finca en el año 1969. Es una Iglesia de adobe, con techos de caña, mucha historia y se ubica sobre una barranca desde donde se obtiene una maravillosa vista.

Isasmendi, el realista

Siguiendo por la ruta, bordeando el río Calchaquí, se pasa por el Humanao, y antes del puente sobre el río Molinos, en el km 201, se llega al empalme que conduce, un par de kilómetros más adelante, hacia la izquierda a nuestra próxima parada: Molinos. Fundada en el siglo XVII, el poblado se caracteriza por sus casas de adobe, edificios coloniales y tradicionales, y debe su nombre a los molinos harineros instalados hacia 1700: uno al lado de la sala (o casco) de la hacienda, y el otro, que aún permanece en pie, a orillas del río Molinos

En tierras que eran de Diego Diez Gómez, una de sus descendientes contrajo matrimonio con el general Domingo de Isasmendi, un combatiente de los indios calchaqueños. En 1775, el hijo éste, Nicolás Severo de Isasmendi, lo heredó y le dio prosperidad a las tierras. Además de luchar contra las fuerzas insurgentes de Túpac Amaru, fue el último gobernador realista de Salta. En la actualidad, esa casona de una belleza atrapante, es un hotel llamado "La Hacienda de Molinos", donde además de pasar la noche en sus dormitorios con más de 300 años de historia, uno puede comer en su patio a la sombra de su gran árbol.

El pueblo creció alrededor de la vieja hacienda y la Iglesia San Pedro Nolasco, que data de 1659 y fue declarada Monumento Histórico Nacional en 1942. Es de estilo cuzqueño y conserva momificado, el cuerpo de Isasmendi. De nave única, tiene dos capillas laterales a modo de crucero y posee un gran atrio rodeado de un cerco bajo. Sus muros de adobe y el techo con tablas de cardón le dan un aspecto austero y bello. La fiesta patronal aquí se celebra el 2 de febrero en honor a la Virgen de la Candelaria, donde se destaca la "batida de banderas" a la Santa Patrona en las escalinatas de la iglesia.

Entre las calles del pequeño casco histórico y alrededor de la plaza se encuentra una feria de artesanos junto a varios comercios en sencillas casas de adobe. Entre las excursiones a realizar a caballo o en auto están las Ruinas indígenas de Chicoana, el Fuerte de Tacuil y las ruinas jesuíticas de La Candelaria. También llama la atención de los viajeros el Criadero de Vicuñas, donde uno puede tener acceso a la historia de la Asociación de Artesanos y Productores y conocer a fondo su trabajo. Aunque la salida preferida suele ser la visita a la Bodega Colomé, fundada en 1831 y considerada la más antigua, en funcionamiento, del país. La estancia de estilo colonial cuenta con habitaciones de refinada decoración para pasar la noche, aunque se pueden realizar diferentes actividades: visita a los viñedos, a la bodega, a la granja de animales, a la iglesia, al centro comunitario y a las quintas biodinámicas. Además realizar cabalgatas con caballos criollos y peruanos. 
 

Última parada

Pero es hora de seguir. Desviándose por un camino se puede visitar El Churcal, un sitio arqueológico de la cultura santamariana y churcal, que data de los años entre 1100 y 1300. Allí se encontraron más de 500 recintos habitacionales, sitios funerarios y basurales. No hay ninguna infraestructura turística en el lugar y sólo es para visitarlo de paso hacia la próxima “estación” de esta travesía, que también guarda sorpresas. Se trata de Seclantás, un poblado de no más de 350 habitantes. Está sobre el km 219, aunque hay que tomar un pequeño desvío por el camino de la ruta 40 hacia la derecha, cruzando el río Calchaquí. Y tal vez muchos lo hayan conocido gracias a la voz de Pedro Aznar quien suele cantar la increíble vidala llamada "El Seclanteño", escrita por Ariel Petrocelli.

Levantado a comienzos del 1800 y rodeado por las cordilleras de El Churcal y Brealito, es el único poblado de la zona que se sumó a las luchas por la independencia a principios del siglo XIX. Como suele pasar en este tipo de lugares, todo gira en torno a la calle principal. Allí se distinguen casas con hermosas galerías, techos cubiertos de barro y una plaza, con palmeras altas. La Iglesia de Nuestra Señora del Carmen, construida en 1835, mezcla el estilo cuzqueño con detalles florentinos y muestra imágenes populares. A unos 100 metros de allí, se puede ascender al Cerro del Vía Crucis donde está el cementerio local con la capilla mausoleo de la familia Díaz Olmos, construida en 1885 y declarada Monumento Histórico Nacional, y un mirador con muy buena vista del pueblo.

Llegar hasta este pueblo también obliga a transitar el denominado Camino de los artesanos. Se trata, en realidad, de un tramo de menos de 10 km que comienza en Seclantás y se extiende paralelo al trazado de la ruta 40, por la margen opuesta del río. En este trayecto uno puede dar con los más prestigiosos artesanos de la región, según dicen, cuyos trabajos pudieron verse abrigando personalidades famosas e inspiraron a los poetas salteños que inmortalizaron en sus versos la esencia del lugar. Y si no hay que recordar el gato “Poncho Seclanteño”, de Ernesto Cabeza y Juan Carlos Dávalos: "Pa' mingar un lindo poncho / vaya a Seclantás / son dos hombres con oficio / hermanos Guzmán...".

A 22 km del pueblo, tomando un camino transitable pero con tramos de cornisa angosta, se puede visitar la Laguna de Brealito, un espejo natural de agua, resultado de un deslizamiento de rocas que formó un dique hace unos 3 mil años. Existen numerosas historias y leyendas en torno a ella. Según estudios, la profundidad máxima de la laguna sería de unos 120 metros. Pero es hora de retomar la ruta 40 hacia el destino final: Cachi. Antes de llegar, hacia el km 239, a la izquierda, un camino secundario nos lleva a La Paya, un sitio arqueológico (siglos XI al XV). Tiene un edificio incaico la casa morada por el color de la arenisca utilizada en su construcción.

Transitamos los últimos diez kilómetros que nos separan de nuestro destino final, y las casas bajas de adobe y piedra, cuyos colores claros contrastan con los intensos de la naturaleza, nos dan la bienvenida a Cachi. Fundada en 1670 por el gobernador Gonzalo de Abre, el pueblo que parece adormecido posee una plaza central rodeada de calles adoquinadas y casas de techos de cardón o caña cubierto con barro. Una de las características más pintorescas son las altas veredas de piedra y laja de sus calles. Frente a la plaza se encuentra el Museo Arqueológico y la Iglesia San José, de mediados del siglo XVIII, y que originalmente fue capilla familiar de la finca de Felipe de Aramburu, un colono entre cuyos descendientes está Benjamín Zorrilla, gobernador salteño. Austera pero conmovedora por su entorno, tiene los muros de adobe sentados sobre cimiento de canto rodado, techo de madera de cardón y un campanario con tres campanas. Más allá de aprovechar alguna artesanía en el mercado municipal o de comer un plato típico, otra de las opciones es visitar los alrededores del pueblo para recorrer la decena de sitios arqueológicos con más de 4 mil años de rica historia. Un par de días aquí servirá como bálsamo reparador. Sólo hay que estar abierto a disfrutar.

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Fecha de hoy

21/08/2017

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