Bariloche de deshielo

La ciudad alojada en el Parque Nacional Nahuel Huapí es la cuna del turismo patagónico. Sus paisajes montañosos de bosques, lagos e islas se preparan para recibir las temperaturas templadas.

La nieve comienza a derretirse y de a poco se asoman manchas verdes que el calor del sol convertirá en una vegetación densa y colorida hacia fin de año. Los lagos mantienen el mismo color esmeralda, la transparencia profunda que los caracteriza y su temperatura bajo cero. En verano San Carlos de Bariloche puede alcanzar los 30 grados, pero cuando los pies se acercan a la orilla entre piedras y arena gruesa ansiando mitigar el calor, la sensación es la misma que se percibe cuando un hielo se disuelve en las manos. Las cumbres de las montañas se pierden entre las nubes: a los 2000 metros de altura sobre el nivel del mar, la nieve sigue intacta. Ubicada a los pies del lago Nahuel Huapí, la ciudad más poblada de la Patagonia seduce con la infinidad de actividades que tiene para llevar al visitante a vistas increíbles.

La desértica Ruta Nacional 40 le da lugar a la 237 -desde donde ya se puede vislumbrar el imponente Nahuel Huapí- que luego se convierte en la calle 12 de Octubre que bordea toda la costanera: kilómetros de un pequeño muro de piedras que divide las playas barilochenses del resto de la ciudad y concede una eterna postal del cordón montañoso que irrumpe el horizonte.

A mitad de camino está el famoso Centro Cívico, un conjunto de edificios estatales diseñados con un estilo arquitectónico bien típico de la zona con paredes de piedra, techos a dos aguas y mucha madera, inspirado en las regiones montañosas de Europa. Sobre la calle Mitre hay un umbral de dos arcos construidos en piedra, que cuando uno los cruza se encuentra con la principal calle comercial-histórica de la ciudad, donde se encuentran tiendas de chocolate artesanal, productos regionales, ropa y equipos de montaña, cafeterías, pizzerías, y restaurantes tradicionales.

Una vez hecho el recorrido urbano, hay que calzarse las zapatillas y entregarse a la naturaleza del Huapí. A 17 kilómetros hacia el sur se encuentra el Cerro Campanario que se puede ascender caminando alrededor de media hora a través de un camino sencillo pero bastante inclinado o en aerosillas. En la cima lo que se visualiza es una de las 8 mejores vistas del mundo según la National Geographic. A más de mil metros de altura el viajero se topa con una panorámica de los lagos Nahuel Huapi y Perito Moreno, la laguna El Trébol , las penínsulas San Pedro y Llao Llao, la Isla Victoria y los cerros Otto, López, Goye, Catedral y Capilla. Es hermoso esperar a que el cielo se torne anaranjado y se reflejen las nubes en los lagos. La quietud de las montañas se contagia entre los pinares y las primeras estrellas asoman disimuladas. También se puede disfrutar el atardecer en la confitería que está en la cumbre y degustar dulces regionales.

Más adelante, en el kilómetro 24, está Puerto Pañuelo donde se abordan las embarcaciones hacia la Isla Victoria. Tras 40 minutos de altamar se arriba a la isla más grande del lago Nahuel Huapí. Allí sorprende la abundante fauna y flora tanto autóctona como exótica y sus costas de playas de arena volcánica y acantilados. Se puede escalar el cerro Quemado y recorrer distintos senderos que atraviesan el lugar como el de las pinturas rupestres que dejaron las comunidades indígenas que habitaron esas tierras en cuevas escondidas.

Está la opción de hacer la excursión que además de la Isla Victoria incluye el Bosque de Los Arrayanes. Éste no son nada más ni nada menos que 1.700 hectáreas perfumadas con las flores de estos árboles dorados de manchas blancas que vieron allí el lugar especial donde crecer de forma boscosa; cuando en realidad su naturaleza es nacer como arbustos a la orilla de los lagos o ríos. Caminos de madera rústica a tono con el hábitat llevan al visitante a poder apreciar y tocar los arrayanes que pueden alcanzar los 15 metros de altura y llegar a tener -los más viejos- hasta 650 años de antigüedad. Antes de irse, hay que acercarse a un arrayán y besarlo. La leyenda cuenta que el contacto con el árbol recarga las energías y cumple los deseos.

Uno de los días de la estadía en la ciudad rionegrina tiene que estar dedicada al Cerro Tronador, un volcán inactivo que se encuentra en la frontera entre Chile y Argentina y en sus 3.500 metros de altura (el más alto del Parque Nacional Nahuel Huapi), aloja 7 glaciares y la imponente Cascada Los Alerces. Para recorrerlo hay que transitar caminos de ripio que cada tanto descubren vistas a paisajes sublimes del bosque patagónico, a sus lagos, cascadas y playas vírgenes. El glaciar Ventisquero Negro es el más particular porque está hecho de salientes rocosas de formas extrañas y cubierto con un hielo más bien grisáceo a diferencia de los blancos australes propios de los glaciares del resto del país.

En un determinado momento del tramo, hay que cruzar el puente de madera del río Manso -que no tiene nada de manso- y tomar el camino de la izquierda que conduce a la cascada. Antes de llegar se comienza a escuchar el ruido monótono del agua cayendo con fuerza hasta que entre alerces, lengas y coihues aparece el salto que empapa las rocas de espuma blanca. Allí se encuentra la paz: la fuerza del agua, el perfume del bosque y el piar de las aves es, sin dudas, lo mejor de la travesía. 

Aventuras de profundidad

Bariloche tiene unas playas ideales para ir a descansar en un día de calor. Si bien hay cientos de recovecos en medio de la naturaleza donde poder tirar una lona a los pies de los lagos, hay algunas como Playa Bonita, Bahía Serena y Los Coihues que son las más populares y tienen guardavidas puestos por la municipalidad. Pero una alternativa a estar relajado de cara al sol, es hacer algún deporte náutico. Como es la única posibilidad que los viajeros tienen para hacer kayak, windsurf, rafting y hasta buceo en las aguas del Nahuel Huapi, no se puede abandonar Bariloche sin antes haberse sumergido en las profundidades del lago.

En una tarde soleada, la excursión más recomendada es el rafting. El río Manso combina un turquesa cristalino con su caudal de aguas rápidas y el gomón con ocho personas encima exige que remen para poder avanzar. El guía va dando las indicaciones a medida que el recorrido se vuelve más intenso. Luego de los descensos a pura adrenalina se aprecian paisajes increíbles desde otro punto de vista: en el curso del agua. La aventura concluye, pero la sensación de haber estado en el lugar más puro y alucinante de la tierra rionegrina permanece por el resto del día.

 

EL DATO

Si uno quiere experimentar temperaturas bajo cero por más que el invierno ya haya pasado, puede visitar Ice Bariloche, un bar de hielo que se encuentra en el Hotel Panamericano. Con una temperatura de 8 grados bajo cero, cada persona debe ponerse una capa térmica al ingresar al lugar para soportar el frío. Construido con 40 mil kilos de hielo, cuenta con dos barras, un iglú, varias mesas y esculturas realizadas por el artista local José Luis Mezquida. Pero eso sí, hay que apurarse a tomar el trago, porque el tour dura sólo 25 minutos para no morir congelado.

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Fecha de hoy

11/12/2017

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