Un rincón afrancesado

A orillas del Río Misisipi, Nueva Orleans aguarda festiva como siempre a ser visitada por turistas de todo el mundo. De orígenes europeos y africanos, esta ciudad de Estados Unidos tiene una rica historia multicultural.

Por Florencia Abelleira, especial para De Viaje / Calor, bohemia, jazz y una constante resignificación de las raíces culturales se respira a cada paso en la más francesa de las ciudades estadounidenses. Nueva Orleans es el destino que recibe más visitantes de los estados sureños, relegados y empobrecidos de Norteamérica. Luego del devastador huracán Katrina que redujo casi a la mitad su población, pudo no sólo recuperarse, sino embellecerse aún más para recibir al turismo, una de las principales fuentes de ingresos económicos.

El French Quarter, el barrio francés, condensa casi todos los atractivos del lugar porque es a su vez el punto fundacional allá por el siglo XVIII de Nueva Orleans. En el barrio contiguo, el Garden Distrcit, quedaron las casonas de estilo europeo más bellas y elegantes de la época, propiedad de los franceses y españoles que se instalaban tanto allí como en las islas del Caribe para administrar sus plantaciones de tabaco, azúcar o algodón. Tiempo después, cuando Napoleón estaba en plena guerra de conquistas, no sólo vendió esta ciudad, sino todo el estado de Louisiana al presidente Jefferson que estaba dispuesto a desatar una guerra para quedarse con el punto estratégico que representaba el río Misisipi.

Pero las raíces no son sólo europeas, sino también tienen un tinte muy fuerte de la cultura africana, traída por los esclavos negros que los franceses y españoles compraban para sus plantaciones. Tal como lo cuenta Isabel Allende en La isla bajo el mar, cuando Haití experimenta la revuelta independentista, muchos esclavos huyen hacia Nueva Orleans y con ellos también se esparce su religión, el vudú, y su música, el candombe, del que hoy en día sólo queda el lugar donde lo bailaban: la Plaza del Congo. Antiguamente se juntaban allí a dejarse llevar por el ritmo africano y entregarse a sus diosas para que los abstrajeran de su realidad por unas horas.

Aún hoy subsisten algunas plantaciones que fueron restauradas y preservadas para poder ser visitadas a través de tours que recorren sus mansiones, su historia, y donde también se degusta algunos platos típicos como el Po-boy o el Gumbo hechos en base a lo que comían los esclavos: las sobras.

 

Jazz y vudú

La música que verdaderamente es el himno de Nueva Orleans es el jazz en todas sus variaciones y subgéneros. Al caer la tarde, se comienzan a escuchar músicos y bandas de jazz en las calles o dando un concierto en bares del Fench Quarter. Un clásico para escuchar esta música es el Preservation Hall, un club que suena en una antigua casona del barrio, que tiene una banda de músicos que quieren preservar el jazz tradicional. Hay que acercarse a eso de las 20 horas y pagar una entrada de 20 dólares.

La calle Bourbon, la principal del barrio, preserva la arquitectura afrancesada y cada una de las casas hoy son comercios de todo tipo: desde elegantes restaurantes, casas de antigüedades devenidas en chucherías, prostíbulos, lugares de comida al paso y algunos misteriosos "templos" vudú donde se consiguen pociones, se hacen lecturas de manos y de pocillos de té. Hay muchas actividades enigmáticas que pueden hacerse para entrar en contacto con esta religión. Allí, en el French Quarter está el cementerio St. Louis, que exhibe bellos adornos realizados en hierro que fueron creados por artistas afroamericanos y es el lugar donde descansan los restos de la más famosa Vudú del siglo XIX, Marie Lavaou. Otro imperdible es el recorrido por la Mansión Encantada LaLaurie y el templo vudú actual.

Un buen punto desde donde seguir el recorrido es la plaza Jackson, denominada anteriormente Plaza de Armas. Sobre la calle Chartres se encuentra la Catedral St. Louis construida en 1718 -aunque restaurada en 1850, es la más antigua de los Estados Unidos-. Allí en la plaza se concentran artistas callejeros y feriantes exhibiendo artesanías y cuadros pintados a mano. Dos cuadras hacia abajo, bordeando el río Misisipi está el tradicional Café du Monde. Su toldo a rayas verde y blanco, sus mesas de hierro y el olor a ese café tan particular invitan a sentarse a descansar después de un día agitado. El atractivo está en el menú: café con achicoria, una bebida local hecha con las raíces de la planta endivia, acompañado de beignets, una especie de torta fritas muy dulces espolvoreadas con azúcar impalpable.

Un poco más adelante, se advierte el French Market, unas tres cuadras muy pintorescas de feria de artesanías, productos locales y suvenires. Por último, se puede retomar por la rambla que bordea el río, en el que hay pequeños cruceros que llevan a los turistas a navegar en altamar. Otra opción es tomar el ferry que cruza a Algiers Point. Es gratis y muy recomendable, ya que además de cruzar el Misisipi en ferry, se puede andar por un barrio tradicional con casitas preciosas.

Mardi Gras

Cuando llega febrero, Nueva Orleans se viste de violeta, verde y dorado, los colores que representan a una de las celebraciones más grandes y famosas del mundo. Collares de todos tamaños y formas adornan cada balcón, árbol y rincón de la calle Bourbon, donde tienen lugar los festejos del carnaval sureño. Mardi Gras significa Martes de grasa y hace referencia a que era el último día para disfrutar de los placeres tanto gastronómicos como carnales antes de la época de abstinencia que marca el inicio de la Semana Santa y la Cuaresma. Esta es la razón por la cual la diversión, los excesos y la fiesta continua no se detienen en las calles de Nueva Orleans hasta el Mardi Gras. Ese día se despide el carnaval, y todo aquel que quiera, se disfraza y sale a desfilar por la calle Bourbon.

Si bien el carnaval oficialmente comienza cada 6 de enero, los festejos más vistosos suceden durante toda la semana previa al Martes de grasa. Todas las noches hay desfile de carrozas que llevan bandas de jazz sonando en vivo y bailarines que tiran cientos de collares de todos colores al público. Llegada la medianoche, la gente se apretuja en la Bourbon, llena de bares y discotecas donde seguir los festejos aunque ya la calle misma es una fiesta en sí: es tanta la gente que muchos prefieren quedarse al aire libre tomando una cerveza y escuchando acentos de todas partes del mundo.

La energía que se vive en este carnaval es realmente muy particular. Se mezcla la bohemia propia de Nueva Orleans con la calidez y la desvergüenza de los norteamericanos que se ingenian en crear los disfraces más insólitos y sofisticados. Para un extranjero, nada mejor que tener la oportunidad de vivir un Mardi Gras.

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Fecha de hoy

18/10/2017

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