Termas, sabores y aire pionero

San José es una de esas ciudades donde parece que allí empezó todo. Tierra de inmigrantes, hoy combina historia con aguas relajantes y una importante gastronomía.

Por Fernando Delaiti, desde San José / “Vengan que el pan hace sombra en la mesa”, decía una de las frases de una carta que reflejaba la esperanza que se vivía por estas tierras en contraste con la dura realidad europea. Sin embargo, nada fue fácil en esos inicios en Entre Ríos, cuando a mediados del siglo XIX comenzaban a llegar inmigrantes en búsqueda de un futuro mejor pero aquí estaba todo por hacer, absolutamente todo.

La historia cuenta que el contingente que fundó la colonia San José provino del pueblo suizo de Sion. Partió del puerto de Amberes a principios de mayo de 1857, y el 2 de julio desembarcó en las costras del Río Uruguay. Eran tan sólo 108 almas en un pequeño velero, a la que se sumaron luego algo más de 400 con gente oriunda de Alta Saboya (Francia), Piamonte (Italia) y Valais (Suiza). En el primero de esos barcos iban un capitán, ocho marineros y un médico. Y según describen los textos recuperados de Johann Bodenmann, quien fue parte del viaje, dormían hasta seis personas en una misma cama.

Antonio Bonvin, otro de los que formó parte de esta travesía, narró la llegada en medio de la ilusión aunque dio detalles que reflejan lo duro que fue adaptarse. “Se nos desembarcó en un bosque donde hemos quedado más de cuarenta días esperando que se organicen para instalarnos en la colonia”, contó. Esos 530 colonos en total iban a ir a Corrientes, pero la demora se hacía eterna, por lo que intervino el presidente de la Confederación Argentina, Justo José de Urquiza, quien decidió establecerlos en tierras de su propiedad como contratista privado.

Con el tiempo, su vecina Colón creció y se convirtió en un centro turístico y termal, mientras que en San José se conserva ese aire pionero, esas tradiciones nacidas con aquellos inmigrantes europeos que se replica aún en sus calles, comidas y espíritu de la gente. Además de un hermosísimo balneario y un parque termal de los mejores del país, la ciudad de 18 mil habitantes ubicada sobre la ruta 14 y bañada por el río Uruguay, cuenta entre otros atractivos con un museo que refleja cada paso que dieron los inmigrantes en esta tierra de palmares. “La ciudad tiene más de 25 atractivos y éstos están organizados en paseos turísticos. Nuestro público es la familia porque hay actividades para niños y mayores. Además estamos en una zona privilegiada, a 40 km del Parque Nacional El Palmar, y a nuestro alrededor hay ciudades importantes como Colón y Villa Elisa”, cuenta la Coordinadora de Turismo de San José, Bibiana Oradini.

El Museo Histórico Regional, frente a la plaza General Urquiza, es un lugar para perderse en el tiempo, sin prisa y entender cómo vivieron nuestros abuelos. En un casa antigua de una familia tradicional de la ciudad, hay guardadas más de 12 mil piezas, aunque por una cuestión de espacio se van mostrando un 30 por ciento de ese total y la rotación hace que visitarlo nunca represente lo mismo. Creado en 1957, máquinas, herramientas, atuendos, fotos y documentos atraen cada año a miles de turistas, todo bajo un ambiente de sonidos, luces e imágenes en pantallas que recrean una atmósfera especial. En meses de verano suele estar abierto hasta pasada la medianoche, por lo que visitarlo por esas horas ayuda a pensar aún más en la aventura de los colonos en años donde sólo se hablaba francés y las familias luchaban para pagar las tierras otorgadas por Urquiza.

Uno encuentra allí de todo: objetos que vio alguna vez en la casa de sus abuelos, pero también otros muy curiosos. Algunos de ellos son el corrector para narices deformes de la Botica de Enrique Rieter, una pequeña fábrica de hostias, el carruaje del médico del pueblo o la máquina para hacer chorizos de 1857. Aunque una de las “vedettes” es el automóvil Hotchkiss de 1905 traído de Francia en su momento y que posee tres carrocerías cambiables. “Me lo quisieron comprar pero el auto no se vende. Es parte de nuestra historia viva”, cuenta orgulloso el director del museo y guía, Hugo Martín. “Somos un museo sociable y social. Hacemos encuentros para que la gente se reúna e interactúe, y con ello hemos logrado que cada vez más jóvenes participen”, agrega.

 

Emprendedores

San José, dueña de la primera sede del Tiro Federal Argentino (su construcción empezó en 1859), tiene muchos sitios que nos trasladan a fines del siglo XIX. Camino a Colón se llega al lugar que se lo conoce como la primera Administración de la Colonia San José. Levantada por Urquiza en 1857, año de la fundación, allí residió Alejo Peyret, un abogado francés que arribó aquí oponiéndose al régimen napoleónico y desempeño su labor como administrador, comisario y jefe de registro de estas tierras. Hoy la visita incluye una vuelta por la casa que fuera de este hombre que marcó a la región y es recordado, entre tantos logros, por hacer entre 1880 y 1886 un censo a caballo para saber de las colonias argentinas. En su interior se pueden ver reliquias, como una fonola de 120 años que Alcides Perroni, actual dueño de la vivienda, profesor de historia e hincha de Estudiantes de La Plata, la pone en funcionamiento para sorprender a los turistas.

En sus hectáreas muy bien cuidadas no se cobra entradas, y además de regocijarse con una rica picada de campo, es un lugar ideal para pasar en familia toda la tarde. En su granja educativa hay diferentes tipos de animales, muchos de los cuales como los bambis, pavos reales o ñandúes conviven con los turistas.

A tan sólo medio kilómetro, y siempre por camino de ripio, está el famoso Molino Forclaz, que carga sobre su espalda una historia de esfuerzo con ribetes trágicos. Levantado entre 1888 y 1890 por el suizo Juan Bautista Forclaz, uno de los inmigrantes establecidos en la zona, este quijotesco molino de viento le ocasionó su ruina, pero en la actualidad esta atracción convertida en Monumento Histórico Nacional recibe a cientos de turistas. “Por 1859 se hacían aquí unos 350 kilos de harina por día. Por eso Forclaz encaró este molino, pero terminó marcando su vida. No lo pudo hacer funcionar nunca como lo planeó, por problemas de aspas y porque los vientos aquí no eran los que se necesitaban”, relata el director del museo Molino Forclaz, Juan Carlos Buet.

El molino, de paredes circulares de doce metros de altura con tres entrepisos en el interior, está hecho con piedra mora, la misma que la Basílica de Luján, y dejó de funcionar diez años después de su inauguración. Su construcción costó lo equivalente a tres estancias y allí, como en los comentarios de la gente del pueblo, residió su enfermedad. A las dificultades económicas, se sumó la depresión. Y a los 44 años, Juan Forclaz murió de tristeza sin haber cumplido su sueño. Las visitas guiadas (imperdible el ombú de 140 años) duran unos 40 minutos.  

Aromas variados

A 400 metros de la plaza central, uno llega a la licorería Bard, fundada en 1908 y actualmente bajo la conducción de la tercera y cuarta generación. El lugar ofrece visitas guiadas de unos 40 minutos y en el recorrido uno conoce algunos secretos (“la fórmula no la doy”, dice Olga) de su elaboración y de la gente que soñó hace más de cien años con popularizar esta bebida. Los Bard son originarios de Thyl, en el valle de Maurienne, en Saboya, y llegaron a estas tierras en 1860. Con el paso de los años apostaron a este proyecto que hoy tiene sus resultados en los licores de miel, naranja y yatay (fruto de la palmera butia yatay y que no se come porque es todo fibra). La producción es artesanal, se cocina a leña como en aquellos primeros años y se sacan unas 1300 botellas cada 45 días.

Otra opción a unos diez minutos de la ciudad es la Bodega Vulliez Sermet, donde el viajero puede disfrutar unos días de total armonía en contacto con la naturaleza. Además es una buena oportunidad para probar algunas de las uvas de la zona: Chardonnay en vinos blancos y Malbec, Merlot, Cabernet Sauvignon, Tannat, Syrah y Sangiovesse en tintos. Si uno no llega hasta allí, lo ideal es probar uno de esos vinos en el restaurante “Menú”, ubicado a media cuadra de la plaza principal, sobre la calle Centenario. Los platos recomendables son los pescados de río: boga, pacú y posta de surubí.

A unos 200 metros del acceso al balneario, una parada obligada es la casa de Juanita, que desde los 13 años cocina dulces caseros y productos regionales. Los imperdibles: el de manzana con tres cítricos y el dulce de leche con nuez. Pero también la miel tiene su espacio en San José. Y para ello hay que llegar hasta Miel Dorada, donde se elaboran diferentes delicias a base de este producto. Caramelos, turrones y alfajores de miel son una delicia.

Una visita que merece varias horas es el establecimiento Los Pecanes, donde uno puede mezclar un recorrido por la producción, comer una picada increíble y finalizar en la boutique para comprar productos para regalar (o no). Con más de 25 años dedicados al desarrollo de la nuez pecán, fueron los primeros en traer este producto al país desde Estados Unidos. “A mi esposo en ese momento lo llamaban ‘el loco de las nueces’. Y hoy somos la plantación más grande de Argentina”, cuenta Julieta Forissi, gerenta comercial del lugar. La idea es darle valor agregado y no exportarla como materia prima. De hecho el 90 por ciento se utiliza para generar un producto más elaborado.

Al recorrer los campos uno descubre algunas de las 22 variedades de nueces pecán que existen allí, y disfruta de los colores de esas plantas que llegan a vivir unos 100 años. Luego es el turno de conocer la maquinaria que utilizan y que rompe hasta 600 nueces por minuto. La visita guiada finaliza con una degustación y es gratuita. Y es sólo el inicio de lo que seguirá: es imposible que uno se resista a la picada o bien, dependiendo el horario, a comer una de las tortas de nueces con un rico té. En época de verano, el patio cervecero debajo de las plantas es ideal para dejar pasar el tiempo y disfrutar de la variedad de productos.

 

 

VIVA EL AGUA CALMA, Y DE LA OTRA

Las termas ya no son un lugar exclusivo de personas mayores y eso, en gran medida, es gracias a San José. El complejo ubicado a 5 kilómetros del centro histórico de la ciudad sobre un predio de 36 hectáreas contiguas a la ribera del río Uruguay, es un ámbito de serenidad, confort y juegos para los más pequeños. Piscina con toboganes y entretenimientos para los niños se suman a las aguas calmas con propiedades bicarbonatadas, cálcicas y sódicas, ideales para tratar afecciones del aparato locomotor y respiratorio, del sistema nervioso y problemas dermatológicos.

En total el complejo, muy cuidado y con servicios de de spa para despojarse del stress, cuenta en total con diez piletas, dos de ellas cubiertas con aguas de 39 grados, para los que quieren escaparle al frío. Entre ombúes, moras y damascos, uno puede pasar un gran fin de semana y si es época de verano, caminar hasta el balneario que está a pocos metros de allí. Además, es muy recomendable y a buenos precios el servicio de spa que allí se brinda.

El balneario y camping cuenta en temporada alta con servicio de guardavidas, paradores, supermercado, juegos acuáticos, entre otros servicios. Su playa de arenas claras es extensa y se completa con una selva en galería. Además de ser el primer balneario de río de Argentina en obtener la certificación de las Normas IRAM 42100, en cuanto a gestión de calidad y seguridad ambiental, cuenta con actividades náuticas para disfrutar en los meses de calor.

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Fecha de hoy

24/06/2017

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