Una vuelta por Tafí del Valle

Ingresar a los Valles Calchaquíes por esta villa permite tener una aproximación única a la colorida naturaleza. Costumbres ancestrales, cabalgatas, pesca y sabores autóctonos en suelo tucumano.

Por Fernando Delaiti / Cuando los Diaguitas lo bautizaron como “el pueblo de la entrada espléndida”, tenían muy en claro de lo que hablaban. A 107 kilómetros de la capital de la provincia de Tucumán, entre curvas y contracurvas, subidas y bajadas, uno puede llegar a Tafí del Valle, una belleza natural y colorida a 2 mil metros de altura sobre el nivel del mar. Desde recorridos en 4x4, trekking, cabalgatas, windsurf o una tarde de pesca, esta tierra con pasado jesuita invita a descansar y tomarse la vida con tiempo. Pero si se trata de estar de paso por allí, De Viaje te da las claves para optimizar ese tiempo y dejasrse atrapar por los principales atractivos de la zona.

Un primer circuito que suele hacer el turista que llega hasta el lugar en auto es dar una vuelta por el Valle: rodear Tafí, pasando por el Monumento al Indio, una zona de pequeñas chacras y estancias, construcciones de adobe y caminos de ripio hasta llegar hasta el El Mollar. Luego de detenserse en el Dique La Angostura, se regresa a la ciudad por la ruta 307 y así, en un par de horas, tiene una aproximación a los paisajes que lo van a sorpredner, una y otra vez, a lo largo de su estadía.

La ciudad de veranos frescos por las noches e inviernos con nevadas y temperaturas que llegan a los -10°C, invita a descubrirla a través de los colores y las texturas que se desprenden de la Ruta del Artesano, un encuentro con la gente que vuelca su sabiduría en las más variadas piezas de diseño a través de antiguas técnicas que rescatan el valor de lo genuino. Quien transite esta ruta, que no significa encontrar un artesano al lado del otro como una feria sino distribuidos en diversas zonas, encontrará desde tejidos en lana, piezas de cerámica y trabajos en cuero, hasta llegar a dulces regionales, licores, chocolates e hierbas medicinales. 

Si nos sorprende el mediodía, este circuito artesanal también nos puede llevar a visitar alguna de las estancias tradicionales de la zona para degustar un buen queso, un producto que nació de la mano de los Jesuitas a comienzos del siglo XVII. Una opción es la Estancia de los Cuartos, una casona y hotel de estilo colonial que produce sus productos tal cual lo hacía a principios del siglo XX. En temporada alta, se realizan enlazadas, pialadas, domas y shows con música en vivo. Otro lugar para probar de esta delicia y conocer cómo se produce, es la estancia jesuita Las Carreras, del año 1779, donde uno puede alojarse si quiere estar lejos de todo ruido. El costo por noche, para dos personas, ronda los mil pesos, aunque si uno prefiere puede recorrerla en un par de horas y tomar contacto con la producción.

Pero Tafí tiene muy bien ganada la fama por este producto: cada febrero se realiza aquí la Fiesta Nacional del Queso, que tuvo su primera versión en 1969. “El queso tafinisto es nuestro emblema nacional porque mantiene una técnica de fabricación de la época de los jesuitas, cuando llegaron al valle en el siglo XVII. Es muy característico por su gusto y la forma”, cuenta a De Viaje la directora de Turismo local, Andrea Tolaba. Además, reconoce que las estancias permiten, además, tener una aproximación a “las costumbres de aquella época” y entender un poco más “que protagonismo tuvieron los jesuitas que llegaron a la región”. Y para meterse más de lleno en la historia, recomienda ir hasta el Museo de La Banda. Parte de éste, junto a su capilla, relata la misión jesuítica que funcionó en estas instalaciones, con Biblias y obras de arte religioso; el resto está consagrado a los pueblos indígenas de los Valles Calchaquíes. Tras la expulsión de la compañía, la estancia fue rematada y sufrió diversos usos a lo largo de los años.

En tanto, en las afueras de la ciudad se puede ver el Museo de Mitos y Leyendas “Casa Duende”, que refleja las muchas creencias de los pueblos ancestrales sobre dioses y seres protectores en la región. Cuenta con un fogón de cuentos, sala de proyecciones, y una enorme vasija donde los artesanos locales exponen sus creaciones y las comercializan. Y a unos pocos kilómetros, sobre El Mollar, está la reserva de los Menhires, monolitos de piedra que originariamente estaban en las márgenes del río El Rincón. Fueron realizados en rocas graníticas, y se destacan grabados de rostros humanos, animales y figuras amorfas.

Más aventura

Pero ya pasado el mediodía, suelen dar ganas de dejar un poco la historia de lado y mover el esqueleto. Las opciones son muchas, pero hay que decidirse por alguna. Una posibilidad es darse una vuelta por el Lago La Angostura, en cercanías de la villa turística El Mollar, a diez kilómetros de Tafí. Aquí nos encontramos con un espejo de agua artificial, que está entre los más altos del país, con sus 2 mil metros. Construida en la década del ’60 para detener el curso de los ríos Mollar y Tafí, la represa de 4 km de largo que está allí es el lugar indicado para capturar truchas y pejerreyes y practicar deportes náuticos. Sus 700 hectáreas y 30 metros de profundidad permite practicar kayac, canotaje y windsurf.

Aunque en esa zona, son atrapantes las cabalgatas por los alrededores ya que las vistas panorámicas que uno obtiene son únicas en todo el valle. A 2700 metros sobre el nivel del mar, el Cerro Pelao que divide en dos el Valle de Tafí, permite una de las vistas más espectaculares de aquel escenario natural. Se parte desde la ciudad a caballo hasta llegar a lugares donde el espíritu encuentra verdadera purificación. Pero hay otros cerros a visitar como Ñuñorco (su nombre –“pecho de mujer”, en quechua- da una idea de la silueta), Muñóz y Negrito, aptos para la práctica de actividades de turismo aventura, y ricos en restos arqueológicos.

Si queda algo de tiempo por la tarde -es raro que esto pase porque por lo general uno pasa horas hipnotizado por los contrastes paisajísticos- hay que darse una vuelta por la Quebrada del Portugués, un antiguo camino utilizado por los pueblos originarios, luego los Incas y más acá por los españoles para unir el Valle de Tafí con la llanura tucumana. La Reserva de unas 14 mil hectáreas tiene sectores que se parecen a la mejor cancha de golf por su verde parejo. Además la corzuela colorada, los pecaríes, el guanaco y varias especies de felinos son parte de las atracciones del lugar.

Pero si se hace la hora de volver, hay que llegar de regreso a Tafí antes del anochecer. Y allí, en en la zona donde la empanada parece ser la reina gastronómica de la provincia, un buen locro pulsudo (suculento y con variados ingredientes), un tamal o un vino patero, completan una oferta tentadora para cualquiera que no sufra de problemas de estómago. Aunque si los sufre, siempre hay algún antiácido mágico.

 

ESCAPADAS CON MUCHA HISTORIA

Amaicha del Valle: sobre la ruta 307, y 50 km hacia el noroeste de Tafí, se encuentra este poblado rodeado por las sierras de Quilmes y las Cumbres Calchaquíes. Con un paisaje árido y cerros multicolores, Amaicha –cuna del vino patero- cautiva a la región cada año por su Fiesta Nacional de la Pachamama. Y justamente el llegar hasta allí obliga a ir al Centro Cultural Pachamama, que permite entender la cosmovisión y la cultura de los pueblos calchaquíes. También conocida como la “Casa de Piedra”, una construcción que es a la vez obra de arte, museo y homenaje a los antiguos dioses, está dividida en salas dedicadas a Etnología, Geología, Tapices, Pinturas y patio de esculturas.

 

Ruinas de Quilmes: a 20 km de Amaicha, se puede tomar contacto con uno de los asentamientos prehispánicos más importantes del país, que llegó a albergar a casi 3 mil habitantes, y terminó tristemente sus días exiliado en las cercanías de Buenos Aires. Los Quilmes pertenecieron a la Nación Diaguita, fueron cazadores y guerreros en la defensa de su territorio. Su ciudad sagrada está ubicada en las estribaciones del cerro del Cajón. Ofrece al turista una arqueología de imponente significación y belleza al pie del cerro, impregnada de misterios, mitos y leyendas. Una vez en el lugar, el viajero puede advertir las reconstrucciones de la zona residencial, rematada por una fortaleza situada en la cima y dos fortines a ambos costados, sobre la cornisa. Todo esto se puede hacer con un guía o si uno lo prefiere, en soledad. 

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Fecha de hoy

24/06/2017

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