Unidas, más allá del túnel

Las ciudades de Paraná y Santa Fe de la Vera Cruz potencian en conjunto lo mejor de cada una y se convierten en un destino seductor. Naturaleza y buena gastronomía para disfrutar todo el año.

Por María Meson, especial para De Viaje / El río Paraná separa las provincias de Santa Fe y Entre Ríos. Sin embargo desde hace un poco más de cuatro décadas el Túnel Subfluvial Uranga-Begnis unió a sus respectivas capitales, Santa Fe de la Vera Cruz y Paraná, que se han convertido en un corredor turístico importante. Ambas comparten la belleza del Litoral y la gastronomía con las bondades que ofrece el río.

Con la consigna “Dos ciudades un destino”, las dos capitales proponen a los visitantes atractivos naturales y culturales, así como servicios que son complementarios desde el punto de vista turístico. Además Santa Fe ciudad y Paraná se encuentran a tan sólo 20 minutos de distancia.

Atravesar el túnel para llegar a cualquiera de las ciudades es una aventura en sí misma que transcurre en apenas tres minutos (tiempo de duración del trayecto). Posee una longitud de casi tres kilómetros, está sumergido a 30 metros de profundidad y a mitad del viaje se indica el límite interprovincial, ubicado en medio del lecho del río Paraná. Antes de 1969 la única manera de arribar a ambas márgenes era mediante una balsa que, según cuentan los ciudadanos, demoraba alrededor de cuatro horas.

La cercanía potencia las características similares sin olvidar la idiosincrasia que hace a cada una de ellas única. Santa Fe capital se destaca por su costanera de cara a la extensa laguna Setubal, atravesada por el puente colgante Oroño, construido a principios del siglo XX. Ese sitio de la ciudad, ubicado sobre la avenida 7 Jefes, es punto de encuentro para disfrutar de varias rondas de mates con amigos o en familia los sábados y domingos; y durante la semana es ideal para caminar o correr con un paisaje lacustre que sugiere dejar la rutina a un lado.

Casas pintorescas de estilo moderno y tradicional, rodeadas por palmeras y acogedores barcitos, completan la escenografía de este rincón santafesino. La tranquilidad y el sol cálido de un domingo por la tarde invitan a degustar una cerveza en la provincia que condensa parte de la historia de esta bebida en el país. Además del tradicional chopp, Santa Fe tiene el emblemático liso, que recibe su nombre por las características del vaso. Vinculado con la tradición cervecera, los entendidos sostienen que es la medida justa, pues puede tomarse rápido y conservar la temperatura.

Otro de los imperdibles de esta ciudad es el Quincho de Chiquito, donde se pueden saborear típicos platos a base de pescados del Paraná. Hay un abundante menú único para todos los comensales: primero, una entrada con soufflé de boga, albóndigas, empanadas y milanesas de surubí; luego boga a la parrilla con ajo y perejil para “caranchear”, sugiere la moza; y después un delicioso pacú a la parrilla asado. Por último, se ofrece chupín de pescado a modo de gentileza.

El menú tiene un valor de 90 pesos por persona, con la opción a repetir. La bebida y el postre se abonan aparte. Los platos se sirven sin guarnición y sin salsa porque Chiquito consideraba que el pescado debía comerse solo para capturar su sabor verdadero. El Quincho se ubica hacia el final de la costanera y el punto de referencia para reconocerlo es el monumento a Monzón, con quien el dueño del restaurante tiene varias fotos. También hay imágenes junto a artistas o personajes de la vida política y un santuario que homenajea al Gauchito Gil.

Hacia las ruinas

A 78 kilómetros de la actual capital, en la localidad de Cayastá, departamento de Juan de Garay, se encuentra el Parque Arqueológico Santa Fe la vieja, donde aún se conservan las ruinas de la primera ciudad fundada por Juan de Garay en 1573. El hallazgo de la antigua ciudadela fue producto de las excavaciones de Agustín Zapata Gollán hacia 1949.

El recorrido por el predio tiene una duración aproximada de tres horas y las guías coordinan la visita de un sitio a otro. El río San Javier respalda al predio arqueológico y con el correr de los siglos erosionó la cuadrícula de la vieja ciudad reduciéndola a un triángulo. Según los relatos históricos, Garay fundó Santa Fe con un claro objetivo geopolítico: tener un punto de enlace en el trayecto fluvial hacia el Río de la Plata y los caminos que comunicaban con Tucumán, Chile, el Alto Perú y el Perú.

Hacia 1660 se trasladó la ciudad hacia donde está ubicada hoy. Los continuos malones de los pueblos originarios que habitaban la zona y las intensas lluvias que complicaban el acceso fueron los motivos para que se decidiera mudar la ciudadela, respetando la disposición en damero con cinco iglesias alrededor de la plaza principal (actualmente 25 de Mayo) y los principales edificios públicos.

Quienes lleguen al predio de Cayastá visitarán uno de los templos, donde hay réplicas de esqueletos, entre los que se encuentra el de don Hernán Arias de Saavedra (Hernandarias) junto a su esposa, la hija de Juan de Garay. El itinerario continúa por el museo con objetos de la vida cotidiana de la época colonial, y luego por la casa de la familia Vera Muxica, una de las más tradicionales de esta provincia. Una voz en off relata escenas en los diferentes ambientes de la morada. El parque fue declarado Monumento Histórico Nacional en 1957.

Un dato a tener en cuenta es que la ruta provincial 1 carece casi de señalización que indique cómo se arriba a Cayastá. En el trayecto hay que consultar varias veces a automovilistas o transeúntes.

 

Barrancas al río

La capital entrerriana mira de modo atento al río que le dio el nombre. Las palmeras típicas de esta región adornan esa mirada con la suavidad de su despliegue por las que se cuela el sol. La ciudad de ritmo apacible y calles estrechas pero pintorescas confluye en dirección hacia ese río que Los Chalchaleros describen como de “aguas marrones y bravas”.

Con una costanera totalmente integrada a la vida de Paraná es imposible no disfrutarla. Allí, durante todo el día hay gente haciendo actividades deportivas, pescando, compartiendo unos mates, tomando sol, o simplemente contemplando el sonido del río.

Para los visitantes una de las opciones más interesantes es realizar un recorrido en lancha, durante 30 minutos o una hora, con los baqueanos de la zona. El contacto se puede hacer en la Secretaría de Turismo local que está en la costanera.

El Paraná espera a los turistas a diez cuadras de la plaza principal 1° de Mayo, corazón del centro cívico comunal e histórico, donde se hallan la catedral Metropolitana, el Antiguo Senado de la Confederación y el Palacio Municipal, entre otros edificios. Además de la peatonal San Martín.

Para llegar al río previamente hay que atravesar un elegante barrio de calles cubiertas por árboles centenarios y casas de alto. Luego se arriba al Parque Urquiza que diseñó el paisajista Carlos Thays a finales de siglo XIX y se extiende de modo paralelo al Paraná. Las barrancas, las diversas especies vegetales y los caminos serpenteantes junto con las aguas bravías proyectan una imagen única.

La zona cercana a Playa Parque, precisamente en la calle Los Vascos, aún conserva la parte antigua de la ciudad, con adoquinado, casas de estilo colonial, callejuelas sin salida y arboledas añosas.

Hacia el este de la ribera está el Complejo Playa de Thompson, con palmeras y un parque con asadores y mesas, y también se encuentra el Club Náutico. A pocos metros se ubica el Complejo del Túnel Subfluvial, donde se proyecta un video de 20 minutos y aquellos que concurran en auto podrán hacer una visita a la sala de comando junto con un coordinador. La guiada dura alrededor de 45 minutos y se puede hacer los 365 días del año de 9.30 a 17.30, y está a cargo de estudiantes avanzados de la carrera de Turismo.

 

Escapaditas entrerrianas

La capital provincial ofrece a los turistas escapaditas a ciudades localizan cercanas, como Diamante, que está a 50 kilómetros por la ruta provincial 11. En el trayecto uno se topará con las aldeas alemanas que recomiendan recorrer con un guía turístico que relate la historia de estos inmigrantes que llegaron desde la región del Volga.

La primera de ellas, la Colonia Brasileña, ya que la mayoría de los germanos que llegaron a tierras litoraleñas venían desde ese país. Aquí se encontrarán con el bar Munich, donde se sirven picadas con fiambres alemanes.

Luego siguen las aldeas Salto, Protestante, Spatzenkuter y Valle María, que cuenta con un apacible camping a orillas del río. Estos pequeños poblados tienen cualidades similares, ya que se trata de sitios muy tranquilos, abocados a la vida rural.

Diamante, ciudad que lleva ese nombre porque el sol reflejado en las aguas del río las hacía brillar, se desboca en naturaleza y regala el Parque Nacional Pre-Delta, con una invalorable diversidad de flora y fauna. Diferentes ecosistemas están presentes en este predio protegido desde 1992. Los turistas podrán observar la selva en galería y lagunas interiores.

En estas aguas del Delta Superior, además de camalotes, los visitantes quedarán boquiabiertos con las irupé, una de las plantas acuáticas más grandes del mundo: se destacan por su forma circular de diámetro importante y la intensidad de su color verde.

Por otra parte, a menos de 200 kilómetros de Paraná se encuentran los complejos termales de La Paz, María Grande y Victoria, con temperaturas que varían entre los 35° y 46° grados. Además, en cada rincón de Entre Ríos la pesca es una actividad arraigada a la vida de lo pobladores, quienes conocen muy bien de dorados, tarariras, sábalos, surubíes y bogas.

Los sabores, los paisajes, la naturaleza, las historias y la gente de esta región son razones más que suficientes para una estadía en las tierras donde el Paraná de bifurca en múltiples brazos.

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Fecha de hoy

18/10/2017

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