Viaje al corazón del oro

La Carolina, un pequeño pueblo de San Luis, ofrece una visita a una mina ya abandonada. Historias y leyendas que aún brillan. Además el legado de Lafinur.

Por Fernando Delaiti, especial desde La Carolina / Cuando llegamos hasta La Carolina, nadie nos recibe. No hay bienvenida. Pero no porque la gente aquí es descortés, sino porque ninguno de sus 251 habitantes se encuentra caminando algunas de sus quietas calles, muchas de tierra, otras empedradas con lajas. Es como la clásica hora de la siesta en un pueblo del interior, pero extendido a las 24 horas. Sólo autos de turistas preguntando por la mina de oro.

Recostado al pie del Cerro Tomolasta, a una altura de 1.600 metros sobre el nivel del mar, este poblado de San Luis es bañado por el arroyo La Carolina y el río Las Invernadas, que se unen formando el río Grande. Es un antiguo pueblo minero fundado por el marqués de Sobremonte en 1792, y si bien por muchas décadas lo que brilló fue el oro, hoy su resplandor, su tesoro más deseado es la tranquilidad, el silencio y los paisajes maravillosos que pueden allí respirarse.

Sobremonte, claro está, es el mismo que fue virrey del Río de la Plata entre 1804 y 1807, y huyó de los ingleses en Buenos Aires con el tesoro de la ciudad. Y si bien la historia cuenta que hacia 1785, Don Tomás Lucero encontró oro en aquel sitio perdido entre los cerros, fue a partir de su fundación cuando la fiebre dorada pasó a ser directamente una epidemia. Al lugar llegaba gente de distintas zonas del país y la voz se había corrido hasta Chile. Es por estos años cuando entra en escena el aventurero portugués Jerónimo, de quien la historia no se encargó de guardar el apellido, y que para muchos fue el primer afortunado en descubrir la fabulosa riqueza del cerro. Aunque, como ya se dijo, su alegría contagió a cientos de curiosos que se instalaron en la zona en busca del oro. Pero no todo brilló aquí, ya que sin reglas unos se robaban a otros o sencillamente se mataban.

Allí fue cuando intervino la “corona española” y monopolizó el robo del producto que daba la mina. El 70 por ciento de lo que se sacaba viajaba hacia el viejo continente. Y cuando llegó la independencia, una empresa inglesa fue la que se hizo cargo de la mina, y los pirquineros -la persona que realiza las labores de extracción de mineral en forma artesanal y generalmente de manera independiente- siguieron excavando las rocas aunque esta vez el resultado no viajaba a España sino a Londres.

Según cuenta Gastón, el guía de la empresa Huellas que tiene el permiso para ingresar a las minas, en 1955 dejaron de explotarse porque el oro comenzó a escasear y la rentabilidad se hizo muy baja. “Hoy sólo lo extraen libremente uno o dos pirquineros en todo el pueblo, a cielo abierto, pero casi como un ritual”, relata y nos advierte mientras vamos con cascos y botas hacia el túnel: “No caminen mirando el piso pensando que van a encontrar una pepita de oro. Es imposible. Miren a su alrededor y disfruten del paisaje”. Igual, todos miramos hacia el piso.

La actividad consiste en visitar el interior de los antiguos socavones. A medida que entramos en las profundidades de las minas, cuya extensión llega a los 300 metros, apreciamos distintos minerales de la corteza terrestre, formaciones de estalactitas, estalagmitas y fallas geológicas. Si bien el camino no presenta dificultad y en todo momento el aire acompaña, cuando uno toma conciencia de dónde está, se genera cierto temor cautivante. Y para entender lo duro que era la vida acá abajo, en lo más profundo de una galería, el guía hace apagar todas las luces. Es un instante de silencio, en donde uno se olvida que allá afuera hay un mundo.

Al regreso, ya fuera del tour, visitamos el Museo minerológico El Condor, un paseo entre piedras de distintos colores, contextura y precios. Algunos optan por llevarse un recuerdo a sus casas y otros guardan sus pesos para la próxima aventura.

Sello literario

A tan solo dos cuadras del casco de La Carolina -entiéndase como dos cuadras casi la otra punta del pueblo- está el Museo de la Poesía, creado en honor al poeta, filósofo y maestro argentino Juan Crisóstomo Lafinur, nacido aquí. Más de 1.700 manuscritos y 900 obras poéticas se exhiben en esta singular biblioteca, y puede verse allí mismo la construcción original de la casa de esta leyenda puntana, tío bisabuelo de Jorge Luis Borges.

El museo se levanta a orillas de un arroyo y sobre la ribera de enfrente, un laberinto de piedras al estilo de ruinas de una cultura prehispánica, es tributo a la obra de Borges. Y algo más allá, hay un ajedrez en granito, inspirado en el poema que el autor del Aleph le dedicara a Lafinur, muerto a los 26 años, luego de que el caballo que montaba se desbocara. En un extremo de esta obra, está la tumba del poeta puntano.

A unos 20 kilómetros, otra parada es la Gruta de Inti-Huasi, un lugar con reminiscencias prehistóricas. Allí pueden observarse pinturas y rastros de pueblos precolombinos que habitaron el lugar hace más de 8 mil años. El recorrido se completa con vitrinas que guardan objetos encontrados en el sitio: puntas de flechas y otras herramientas de piedras y hueso para la vida cotidiana de estos pobladores que practicaban sobre todo la caza y el pastoreo.

Aprovechando que es un pueblo pequeño, hay que darle la oportunidad de recorrerlo a pie y sin prisa. Allí un puede descubrir una de las primeras casas donde funcionaba un almacén que era utilizado por los mineros para intercambiar oro por mercadería y dinero. Enfrente, hay otra casita que resistió a la embestida de los malones ranqueles de 1834 y donde luego se instaló la primera oficina de correo. Y por las calles escalonadas e irregulares, se llega a la pequeña plaza central. Frente a ella se levanta la Iglesia construida en piedra, que alberga entre sus paredes figuras religiosas intactas y tiene su campanario exterior al cuerpo del edificio.

Hay mucho más por respirar en La Carolina, pero para nosotros ya es tiempo de marchar. Es hora de la siesta, por lo que si teníamos la esperanza de toparnos con algún vecino, quedará para otra oportunidad. Las calles permanecen vacías. Sólo una gallina es testigo de nuestra partida. Con sus ojos saltones y desafiando el calor, se acerca hasta al auto y con la mirada parece decirnos “hasta la próxima”.

 

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Cómo llegar

Desde San Luis capital o desde Potrero de los Funes se llega hasta La Carolina por la ruta provincial 9 tras recorrer unos 80 km. El camino es asfaltado y rodeado de lindos paisajes.  

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Fecha de hoy

21/08/2017

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